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El amanecer del día prometido

Tom Tai-Seale | Nov 5, 2022

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Tom Tai-Seale | Nov 5, 2022

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Las enseñanzas bahá’ís dicen que ahora vivimos en el Día Prometido, que el reino prometido ha llegado, pero de forma incipiente porque nuestra conciencia de él apenas está empezando a despuntar. 

Por supuesto, la conciencia puede cambiar y lo hace. Sin embargo, hasta que lo haga, no veremos la luz que viene en todo su esplendor. Más bien, veremos la oscuridad creada por aquellos que han rechazado la conducta recta: para ellos y para los que están atrapados por ellos, el infierno se ha hecho arder. En el futuro, veremos llegar más oscuridad a medida que las acciones de aquellos que desprecian la llamada divina, que dañan a los demás y que dañan a la tierra continúan atrapándonos. 

En efecto, como afirman los escritos bahá’ís, «El tiempo preordenado para los pueblos y razas de la tierra ha llegado» y «… las promesas de Dios, tal y como se registran en las Sagradas Escrituras, han sido cumplidas».

Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la Fe bahá’í, escribió:

El mundo padece y su agitación aumenta día a día. Su rostro se ha vuelto hacia el descarrío y la incredulidad. Tal será su condición, que exponerla ahora no sería apropiado ni correcto. Su perversidad continuará por largo tiempo.

Las enseñanzas de todas las grandes religiones nos han advertido durante milenios que la llegada del Día Prometido traería tanto el cielo como el infierno. Ese día nos promete la luz y el camino a seguir, así como la oscuridad, que llama al juicio y a la justicia cuando ignoramos esa luz o la desechamos.

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El Gran Plan

Considera lo que ocurre cuando Dios interviene en la historia. Cuando el Creador del universo actúa, se inicia un proceso de colaboración: aparece un mensajero divino, imparte orientación espiritual a la humanidad y se produce un proceso místico de cambio que afecta a todos. La vieja realidad es suplantada por una nueva, aunque tardemos en reconocerla.

Los bahá’ís creen que el origen del cambio que estamos viendo ahora en el mundo comenzó con la llegada de Bahá’u’lláh a mediados del siglo XIX. En la actualidad, el mundo está respondiendo a la renovación del antiguo plan de Dios, que, al igual que ha hecho muchas veces antes, trabaja para erradicar los sistemas deficientes y crear un renovado vínculo de unidad entre la humanidad.

Lo que ha cambiado es que ya no se nos juzga por nuestra fidelidad a los credos del pasado, sino por nuestra respuesta a una nueva creación. La característica esencial de esta nueva creación consiste en unirnos, en solidificar nuestra unidad humana. No está completa en ninguna parte, porque es un proceso, y tiene dimensiones físicas, psicológicas y sociales que se desarrollan a ritmos diferentes. Sin embargo, no hay duda de que estamos en una época largamente anunciada. Nos hemos reunido; estamos en igualdad de condiciones ante Dios; y estamos siendo juzgados por nuestra voluntad de actuar unidos, de desechar las cosas que nos dividen y de reconocer el plan divino. 

El sol tarda en amanecer, e incluso después de salir muchos permanecen dormidos. Tal vez eso explique por qué la mayor parte de la humanidad permanece inconsciente de la llegada del Día Prometido incluso después de su advenimiento. En cambio, buscan aquello que se ha perdido, buscando principios que nos guíen. En esa búsqueda, la gente ha ideado toda una serie de ideas diversas, así que vamos a examinar algunas de ellas.

Libertad plena

Muchos en el Occidente global abogan por la libertad como el bien fundamental, que hay que promover a toda costa, pero la libertad sin límites es claramente una mala idea.

Tenemos leyes, códigos morales y mandatos sociales por buenas razones. Necesitamos las líneas en las calles y las señales de alto y los semáforos en las intersecciones, así como muchas otras restricciones sociales. La sociedad no funciona bien cuando la gente es completamente libre de hacer lo que quiera. Cuando los banqueros de inversión son libres de obtener beneficios a corto plazo mediante la concesión de préstamos dudosos a largo plazo y la transferencia del riesgo a otros, millones de personas sufren a causa de la codicia de unos pocos. Cuando los poseedores de capital son libres de manipular los mercados para su propio beneficio mientras dejan que otros absorban los costes, su libertad perjudica a la sociedad. Cuando se permite a unos pocos capitalistas hacerse con el control de la mayor parte de la mano de obra y los recursos del mundo, su libertad se obtiene a costa de la libertad de los demás. Claramente, la sociedad requiere algunas restricciones a la libertad personal absoluta para elevar y proteger a la humanidad. Bahá’u’lláh escribió:

Lo que conviene al hombre es la sumisión a aquellas restricciones que le protejan de su propia ignorancia y le resguarden contra el daño de los intrigantes. La libertad hace que el hombre traspase los límites de la decencia y vulnere la dignidad de su condición.

Occidente también ha propuesto el capitalismo y el libre mercado como remedio supremo. Si el capitalismo es el derecho de los individuos a comprar y vender bienes en un mercado libre, la historia ha demostrado que esto suele favorecer la prosperidad colectiva. Pero si el capitalismo consiste únicamente en maximizar los beneficios para los propietarios, sin preocuparse por la sociedad, el orden social y la calidad de vida se ven comprometidos. El capitalismo, por sí mismo, no es una fuerza moral. Debido a estas limitaciones, el capitalismo que muchos países practican ahora conduce a una creciente desigualdad, ya que el capital se utiliza para doblegar las leyes con el fin de acomodarlas a los deseos de los propietarios del capital, y los llamados «mercados libres» apenas son libres cuando las personas con medios los manipulan a través de los medios de comunicación y la legislación, y cuando compran a los competidores para evitar la competencia u obligan a los competidores a abandonar el negocio mediante estrategias de precios artificiales. En este tipo de capitalismo desenfrenado y de laissez-faire, los ricos y poderosos llegan a dominar rápidamente a todos los demás.

Hay, por supuesto, algunos santos en las sociedades capitalistas que han utilizado su gran riqueza para mejorar la vida de los pobres y los necesitados, pero no es el capitalismo lo que motiva sus acciones; es su apego moral a la humanidad y al código de responsabilidad enseñado en todas las grandes religiones. Uno se pregunta, sin embargo, cuánta riqueza deberían poder amasar los individuos y cuánto deberían devolver a la sociedad, de donde proviene su riqueza.

La democracia también se ha propuesto como el remedio soberano para nuestros males. La democracia tiene la ventaja de responder al público que vota, pero el público puede ser engañado y manipulado, y los líderes elegidos democráticamente pueden cometer errores monumentales. Muchos tiranos han sido elegidos democráticamente: cuando Hindenburg, presidente de Alemania, nombró canciller al segundo clasificado en las elecciones presidenciales de 1932, Adolf Hitler, cometió un gran error. La democracia también puede ser brutal, pues juega con las ideas erróneas y los prejuicios del público.

Oriente ha propuesto el comunismo para cohesionar la sociedad, pero sin la creencia en la naturaleza sagrada de la humanidad y en los derechos de las personas a autodirigirse, poseer propiedades y beneficiarse de su propio esfuerzo, a menudo se produce un malestar insufrible y la corrupción infecta a los que tienen el poder. Aunque es necesario proteger a las personas de la explotación de los propietarios del capital, la propiedad estatal de la producción no es garantía de prosperidad y puede conducir a la miseria y al estancamiento con la misma facilidad que el capitalismo. Sin embargo, el comunismo da lugar a la idea, que ahora se aplica a menudo en Occidente, de que la producción y la felicidad pueden aumentar cuando los trabajadores ganan acciones de la empresa que los emplea. Las enseñanzas bahá’ís afirman esta práctica, como señaló Abdu’l-Bahá en Contestaciones a unas preguntas:

Es, pues, preferible que la moderación sea establecida mediante leyes y normas que impidan la acumulación de fortunas excesivas por parte de ciertos individuos, y sirvan de garantía para las necesidades esenciales de las masas. Por ejemplo, los fabricantes e industriales acumulan una fortuna todos los días, y los pobres artesanos no ganan su sustento diario. Semejante situación es el colmo de la iniquidad, ningún hombre justo puede aceptarla. Deben establecerse leyes y normativas que permitan a los trabajadores recibir del propietario de la fábrica sus jornales y una participación en la cuarta o quinta parte de los beneficios, ajustada a la capacidad de la fábrica. En cualquier caso, aunque fuese según otro método, el conjunto de trabajadores y fabricantes deberían compartir de forma equitativa los resultados y beneficios. Ciertamente, el capital y la administración proceden del propietario de la fábrica, y el trabajo y mano de obra del conjunto de los trabajadores. Estos debieran recibir jornales que les aseguren un sostén digno. En caso de baja forzosa debida a debilidad o incapacidad, los trabajadores deberían disponer de recursos suficientes procedentes de los ingresos de la industria. De no ser así, los jornales deberían ser lo suficientemente altos como para permitir que los trabajadores, con el importe que perciben, puedan ellos mismos ahorrar algo para tiempos de necesidad y desamparo.

Gobernar con principios científicos también se ha propuesto como el remedio para nuestra época. Vivimos en una época científica, que nos ha proporcionado avances tecnológicos que se han hecho inmensamente populares en la mayor parte del mundo. En el fondo, la ciencia se dedica a una búsqueda fundamentalmente espiritual: el intento de descubrir las leyes ocultas de Dios.

Pero la ciencia no es una religión. Es un método intelectual, a menudo ciego y mecánico, que puede proporcionar datos y hallazgos útiles. Estos hallazgos rara vez son completos o definitivos, siempre necesitan ser interpretados y reinterpretados, y a menudo son controvertidos. Las pruebas objetivas que descubre la ciencia son ciertamente mejores que las absurdas ideas que algunos religiosos que ignoran la ciencia suelen proponer para explicar la realidad física, pero la ciencia tiene sus límites. Los descubrimientos científicos sin ninguna estructura moral ni límites pueden utilizarse para fines terribles.

La ciencia necesita corazones humanos sabios y experimentados, que son los que mejor valoran la unidad de la humanidad, los que comprenden nuestra naturaleza sagrada y los que saben que hay que proteger los sistemas naturales de la Tierra. Este tipo de decisiones centradas en el espíritu nos permiten saber cuándo, dónde y cómo aplicar mejor los hallazgos y descubrimientos de la ciencia. De hecho, la mala aplicación de la ciencia y la tecnología –ya sea motivada por el deseo de obtener beneficios rápidos o por la ignorancia de sus efectos– ha hecho y puede hacer un daño tremendo. Como la tecnología que proporciona la ciencia puede destruir la naturaleza, necesitamos protecciones para salvaguardar los sistemas naturales del mundo. La ciencia debe guiarse por valores morales, espirituales y religiosos. Las enseñanzas bahá’ís, que consideran la armonía de la ciencia y la religión como un principio espiritual primordial, están diseñadas para ayudar al mundo a lograr ese equilibrio crucial entre la mente y el alma.

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