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Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í. El sitio web oficial de la Fe Bahá’í es Bahai.org y el sitio web oficial de los bahá’ís de los Estados Unidos es Bahai.us.
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Religión

Amor y justicia: los dos principios religiosos más elevados

Tom Tai-Seale | Nov 22, 2022

PARTE 23 IN SERIES Un plan ancestral desplegándose

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PARTE 23 IN SERIES Un plan ancestral desplegándose

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¿Puede alguna religión del pasado servir ahora a las necesidades de una humanidad en rápida globalización con su diversa gama de creencias espirituales? Si es así, ¿qué religión y qué rama de ella deberíamos elegir?

He aquí dos preguntas aún más punzantes: ¿Por qué pensar que alguna de las antiguas disposiciones religiosas seguiría encajando en nuestra realidad actual? ¿Y cómo podríamos justificar la imposición de una religión de una cultura o región del mundo a otras culturas que ahora son atendidas por otras religiones? 

Las enseñanzas bahá’ís abordan estas cuestiones críticas recordándonos que el Día Prometido no supone un retorno a las religiones del pasado, sino que promete una nueva Fe accesible para todos.

Este principio reconoce que las principales religiones del mundo comparten valores morales fundamentales, todos ellos esenciales para nuestra seguridad colectiva. Sin ellos, el carácter se pervierte, las personas fuertes o inteligentes encuentran formas de aprovecharse de los demás, la sociedad se polariza y se extiende la violencia, la opresión, la depresión, el caos, la inhumanidad y la inseguridad. 

RELACIONADO: ¿Cómo el amor y la justicia crean unidad?

En esta nueva época seguimos necesitando los valores fundamentales que enseñan todas las grandes religiones: la honestidad, la fiabilidad, la pureza de los motivos, la solidaridad, la abnegación, la nobleza, la sabiduría, la tolerancia, la paciencia, el afecto, la compasión, el valor, el perdón, la autodisciplina, la unidad y muchos otros. Pero en esta época hay dos virtudes morales específicas que merecen especial atención: el amor y la justicia. Sobre ellas descansa el éxito de todo.

El amor

En 1 Corintios 13, San Pablo proclamó que el amor es el príncipe de las virtudes, más fuerte incluso que la fe y la esperanza:

El amor es paciente, el amor es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Así concebido, el amor consiste en no reaccionar rápidamente a los insultos o agravios percibidos, sino en pasarlos por alto, mientras se perdona, se eleva y se protege a los demás. No sobreviviremos mucho tiempo en este nuevo día, en el que el mundo se ha contraído en un barrio, a menos que aprendamos a aplicar esta antigua lección. 

Aunque el amor puede ser pasivo y tolerante, también requiere acción. Uno de los temas más contundentes del Corán es que Dios ama a los que hacen el bien, a los que son bondadosos y a los que realizan obras de rectitud. Tanto el Corán como los hadices recogen que Muhammad dijo «Ninguno de vosotros cree verdaderamente (en Dios y en Su religión) hasta que ama para su hermano lo que ama para sí mismo».

El judaísmo, el hinduismo y el budismo, por supuesto, coinciden en la importancia del amor, y la Fe bahá’í fomenta esa regla religiosa esencial, como en esta cita de los escritos de Abdu’l-Bahá:

El Amor es la luz que guía en la oscuridad, el eslabón viviente que enlaza a Dios con el hombre, que asegura el progreso de toda alma iluminada. El Amor es la más grande ley que rige este potente ciclo celestial, el único poder que une los diversos elementos de este mundo material, la suprema fuerza magnética que dirige los movimientos de las esferas en los dominios celestiales. El Amor revela con infalible e ilimitado poder los misterios latentes del universo. El Amor es el espíritu de vida para el ornado cuerpo de la humanidad, el fundador de la verdadera civilización en este mundo mortal y el derramador de imperecedera gloria sobre toda raza y toda nación de altas miras.

Aunque el amor es la causa de nuestro ser, y la luz que nos une, ahora vivimos en un mundo en el que gran parte del amor se ha perdido o nunca se ha establecido, y necesitamos una base que nos acerque al amor. Hemos sido heridos y ahora desconfiamos. Hemos sido maltratados y gran parte del mundo y sus actores nos resultan desconocidos y poco familiares. ¿Cómo podemos confiar en ellos y amarlos?

RELACIONADO: Lo que dicen las religiones del mundo sobre la naturaleza del amor

Justicia 

Lo que anhelamos cuando hemos sido agraviados, y lo que necesitamos cuando queremos construir un orden social mejor, es justicia. Es, según proclaman los escritos bahá’ís, «lo más amado de todas las cosas» a los ojos de Dios. Sin ella, poco progreso humano puede lograrse. Todas las personas, hechas a imagen de Dios, quieren ser tratadas con respeto y equidad. Gran parte de la agitación del mundo se produce porque personas de muchas naciones y razas se sienten despreciadas por los poderosos del mundo, reconociendo que han sido tratadas injustamente. Por ello, las instituciones que imparten verdadera justicia –no venganza o retribución, sino equidad– deben formar parte de los cimientos del futuro bienestar de la humanidad. Todas las revelaciones religiosas del pasado nos han prometido justicia, y las enseñanzas bahá’ís dicen que por fin ha llegado la hora: “Exhortamos a todos los creyentes”, Bahá’u’lláh declaró “a observar la justicia y la equidad y a mostrar amor y alborozo.”

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