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Anatomía de una defensa: una invitación a leer Open Wide the Doors, de Mahvash Sabet

Bahiyyih Nakhjavani

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Bahiyyih Nakhjavani

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Una tormenta algo dramática se desató a primera hora de la tarde del 9 de julio de 1850 en la tierra del León y el Sol. Aunque no hay registros meteorológicos que lo confirmen, los relatos históricos independientes coinciden en que esta tormenta arrasó a lo largo y ancho de Persia. En el norte, un vendaval de una intensidad excepcional, acompañado de un torbellino de polvo, ensombreció la ciudad de Tabriz. En el sur, la tormenta arrancó los postes de las tiendas de sus bases y arrastró a los sirvientes ladera abajo donde Lady Mary Sheil, junto con su marido y sus hijos pequeños, se había refugiado del abrasador calor veraniego de la capital, Teherán. Estaba tan asustada que describió la experiencia en Glimpses of Life and Manners in Persia (Vislumbres de la vida y las costumbres en Persia), sus memorias publicadas por John Murray seis años más tarde. En su entrada de julio de 1850, escribe:

Una tarde se desató una tormenta, acompañada de un diluvio como nunca antes había visto. En pocos minutos la tienda se llenó de agua y el aire se volvió casi oscuro. De repente se oyó un estruendo y un sonido espantoso; fue aumentando, se acercó, rugió, y resonaron gritos y alaridos a lo largo de todo el valle. Aterrorizados, salimos a toda prisa de la tienda bajo la lluvia torrencial; yo, al menos, ignoraba la naturaleza de la convulsión. Se abatió sobre nosotros, rugiendo y retumbando como un potentísimo trueno. … Andábamos a tientas en la oscuridad, sin saber adónde ir ni de dónde procedía el peligro.

Sus escritos no hacen mención alguna del misterioso episodio que presagió esta tormenta anómala en la capital del norte, Tabriz. Los despachos oficiales de su marido a lord Palmerston, naturalmente, sí se refieren a ello, pero como esposa del enviado plenipotenciario británico, lady Mary evitaba los temas controvertidos. Y este era sin duda uno de ellos. Ese mismo día, apenas unas horas antes de que la tempestad sin precedentes arrasara la tierra, un joven Siyyid de Shiraz, que afirmaba ser el retorno del Qa’im Prometido y condenado a muerte por herejía por los mulás, fue atado con cuerdas y suspendido de un clavo en el muro del cuartel. No me detendré en lo que ocurrió a continuación. Aquellos que lo saben, no necesitan que se les repita; quienes no lo saben, pueden sentir con razón que esta digresión ya se ha prolongado demasiado. Pero puedo asegurarles que, aunque pronto lo olvidaron, muchos de los presentes en ese momento creyeron haber presenciado un milagro aquel día. El resto de nosotros, si lo preferimos, podemos suponer que fue un accidente atmosférico. Baste decir que, tras este extraño suceso, con todos los habitantes de Tabriz congregados en los tejados cercanos para ver cómo fusilaban al Siyyid-i-Báb a quemarropa, por afirmar que una nueva era estaba destinada a sustituir a la antigua, la luz del sol se apagó, el día se convirtió en noche y la tierra se sumió en una oscuridad bíblica durante varias horas.

Más de un siglo y medio después, en 2026, en un momento en el que, si nos fiamos de las noticias, parece que nos vemos sumidos una vez más en una oscuridad bíblica, sale a la luz un libro precisamente hoy: 9 de julio. Aunque difícilmente se le puede achacar la atmósfera política de nuestros tiempos, Open Wide the Doors, publicado por Oneworld en el Reino Unido, es también una autobiografía, pero no de la esposa de un embajador. Fue escrito por una prisionera, una mujer iraní corriente secuestrada en Mashhad y mantenida en régimen de aislamiento por creer que una nueva era estaba, en efecto, destinada a sustituir a la antigua. Una extraña coincidencia. ¿No resulta escalofriante pensar que, ciento setenta y seis años después de que el Precursor de la Fe bahá’í fuera fusilado, quienes en Irán creen hoy en el mensaje del Báb siguen corriendo el peligro de ser condenados por apostasía y por acusaciones falsas de espionaje? Mahvash Sabet es una de ellas, una de los Yarán, los siete bahá’ís destacados detenidos en 2008 y condenados a veinte años de prisión en 2010 por su fe. Se atrevió a escribir sobre ello, se atrevió a garabatear sus memorias en prisión y, por un pequeño y fortuito milagro, su libro acaba de salir a la venta cuando millones de bahá’ís de todo el mundo recuerdan al Báb.

Esto no es, insistiría Mahvash, porque ella sea de alguna manera especial. Es solo una mujer corriente, esposa y madre, que fue profesora y directora de colegio antes de perder su trabajo en 1979, cuando la República Islámica llegó al poder. Tampoco, lo aseguro, es la única iraní desde entonces que ha dejado constancia de los horrores del encarcelamiento y la tortura. Las memorias de prisión, por desgracia, abundan. La editorial del libro de Mahvash ya ha publicado seis de ellas hasta la fecha, pero tiene que haber un gancho, aparte del catálogo de miserias, para que se vendan. Por ejemplo, la más famosa que se publicará este año es la de la ganadora del Premio Nobel, Narges Mohammadi. Otra, la correspondencia carcelaria de una abogada de derechos humanos igualmente conocida, Nasrin Sotoudeh, también se espera con gran interés. Todas estas valientes mujeres compartieron su estancia en la infame Sección 209 de la prisión de Evin; todas se animaron mutuamente a escribir sobre lo que les estaba sucediendo. Y otras mujeres, igualmente valientes y que compartían sus celdas, ayudaron a sacar de contrabando de la prisión a un lugar seguro estas preciosas notas, garabateadas subrepticiamente en márgenes de libros y trozos de papel. La publicación de cualquiera de estas memorias escritas por mujeres en las cárceles de Irán es, francamente, una reivindicación y una victoria para todas ellas.

Pero a pesar de esta victoria pírrica, y de las peligrosas condiciones a las que se arriesgaron al escribir, de la sangre y el sudor derramados para compartir sus palabras con el mundo, me han informado fuentes fiables, personas bien documentadas, que las memorias de prisión, incluso las de personas internacionalmente famosas, tienen una vida relativamente corta y unas ventas escasas. Esa mortalidad precipitada no se debe únicamente al peligroso estado de la edición contemporánea: es, según mi informante bien documentado, culpa de las autoras. Quienes permanecen en Irán, obviamente, no pueden realizar giras de presentación de libros ni firmar ejemplares, ni participar en programas de entrevistas ni conceder entrevistas. En otras palabras, no logran convertirse en el producto necesario para comercializar sus libros. Este fracaso es especialmente cierto en el caso de Mahvash. Ella ha elegido permanecer en Irán porque es bahá’í. A pesar de la pérdida de su hogar, el colapso económico, la inminente sequía y la guerra interminable, sigue en Irán, arriesgando su vida. Y su libro está dedicado al pueblo de Irán.

Si su historia es recordada, por lo tanto, debe ser por alguna otra razón que no sea el hecho de ser unas memorias de prisión. Nos hemos vuelto insensibles, por desgracia, incluso antes de las bolsas para cadáveres, ante informes tan desgarradores procedentes de Irán. Los efectos psicológicos y emocionales de la tortura blanca son bien conocidos. Horas de interrogatorios implacables seguidos de palizas despiadadas, tormentos físicos y violaciones son solo algunos de los crímenes registrados por los presos políticos retenidos por la Guardia Revolucionaria Islámica. Las condiciones de hacinamiento, la flagrante falta de higiene y de alimentos, las guerras entre bandas incitadas por los guardias para mantener a los reclusos en un estado de terror permanente, especialmente en las prisiones provinciales, han sido documentadas en repetidas ocasiones. Entonces, ¿qué nos ofrece Mahvash Sabet que sea diferente? ¿No hay nada más que su fecha de publicación que distinga a este libro?

Debo asegurarles que, a pesar de los acontecimientos históricos asociados a la fecha de publicación, este no es un libro bahá’í en sí mismo. Mahvash no publicó sus memorias para contar a los bahá’ís lo que ya saben. Tampoco deseaba escribir un libro que pudiera ser visto como «propaganda» por sus queridos compatriotas, recelosos como son, naturalmente, tras cuarenta y siete años bajo un régimen teocrático, de cualquier cosa que huela a bombo publicitario de carácter religioso. Aunque cada una de sus palabras brilla con la luz de su fe y está influenciada por las enseñanzas de su fundador, Bahá’u’lláh, ella no intenta convencer ni convertir. Sus memorias son simplemente un relato de lo que le sucedió y de lo que aprendió; comparte esta historia porque sabe que es una historia común, vivida por otros, experimentada por muchos. Su libro pretende llegar al corazón, llegar a lectores de todos los orígenes y todas las culturas. Es la historia de cualquier mujer.

Dicho esto, sí que tiene una resonancia especial para los bahá’ís. Me atrevería a decir que existen pocos relatos bahá’ís, escritos por personas que han vivido condiciones de igual estrés y aislamiento, que exploren con tanta honestidad las acusaciones de quienes atacan esta Fe y expresen de manera tan hermosa cómo defenderla. Quizás la única comparación se pueda encontrar en las cartas de Keith Ransome Kehler, escritas a principios de la década de 1930 al Guardián de la Fe bahá’í, en las que describe sus intentos fallidos de pedir la emancipación de los bahá’ís iraníes de las persecuciones que se les infligían bajo el régimen de Pahlavi. Pero la mayoría de nosotros, cuando nos atacan por nuestras creencias, o intentamos defenderlas, no intentamos escribir sobre la experiencia. Quizás esto se deba a que ahora tenemos acceso, a través de sitios como los Archivos de la Persecución Bahá’í en Irán, a documentos cuidadosamente recopilados que demuestran, mucho mejor de lo que nosotros mismos podríamos hacerlo, las falsedades y distorsiones dirigidas contra nuestra comunidad a lo largo del último siglo. Quizás sea también porque contamos con un número igual de declaraciones claras y elocuentes preparadas por la Comunidad Internacional Bahá’í y otras instituciones de nuestra Fe, que exponen cuidadosa y sistemáticamente los motivos por los que tales acusaciones carecen de fundamento y en qué aspectos distorsionan la verdad.

Pero en 2008, en el centro de detención de paredes grises del Ministerio de Inteligencia en Mashhad, y más tarde en las salas de interrogatorio acolchadas de la Sección 209 de la prisión de Evin en Teherán, Mahvash no pudo recurrir a tal defensa. Estaba sola y a merced de un interrogador invisible que merodeaba detrás de ella, respirando con dificultad. Allí permanecía sentada, día tras día, con los ojos vendados en una silla, de cara a la pared, mientras este hombre le lanzaba insultos a sus espaldas. Allí se sentaba, soportando ataques soeces contra sus creencias durante hasta diecisiete horas seguidas, mientras él le lanzaba preguntas. Y durante casi seis meses, tuvo que responder a este hombre invisible. Reuniendo hasta la última pizca de valor y agudeza mental que poseía, tuvo que responderle con claridad, coherencia y cortesía.

Sus memorias son un registro de esas preguntas y la historia de sus respuestas. Son, literalmente, la anatomía de una defensa: la defensa de su fe, que, a medida que se desarrolla la historia, se hace evidente que es la defensa de la fe de todos: la fe en nuestra libertad, la fe en nuestro futuro y la fe en la propia humanidad. Las preguntas que le formulan reflejan los numerosos conceptos erróneos que tienen los funcionarios de la República Islámica sobre la comunidad bahá’í, las numerosas acusaciones que lanzan contra ella basadas en el miedo, la sospecha y la paranoia. Ilustran la distorsión deliberada de los hechos, la tergiversación obstinada de la historia utilizada para tachar a los bahá’ís de agentes políticos, quintacolumnistas y espías. Y a medida que Mahvash intenta matizar estas acusaciones y corregir estas falsedades, empezamos a comprender que ella nos está defendiendo a todos contra todo aquello que socava la esperanza y niega la verdad, todo lo que es negativo, cínico y corroe la confianza. Reinterpreta las palabras, amplía las definiciones. Cuando su interrogador saca conceptos de contexto y enfrenta opiniones contra hechos, ella hace hincapié en los principios subyacentes para ampliar el debate. Cuando sus preguntas provocan dudas e intentan incitar a la división, ella ofrece respuestas conciliadoras e inclusivas. Él insiste en las contradicciones; ella destaca las complementariedades. A cada una de las acusaciones que él le lanza, Mahvash responde con calma; a cada cargo responde con admirable moderación. Solo en un momento, cuando él finalmente maldice el núcleo mismo de sus creencias y denigra la alianza central de su existencia, ella reacciona con indignación y alza la voz. Ese es el clímax espiritual de esta historia.

Lo que surge de estos agotadores interrogatorios no es solo un estudio de la resiliencia silenciosa y la brillante integridad, sino también un retrato de un coraje leonino. Esto se debe a que Mahvash también interroga. No de forma abierta, por supuesto, sino en la libertad de su mente. Cuestiona la injusticia y la corrupción del sistema legal que la mantiene a ella y a tantos otros como rehenes; cuestiona la inhumanidad de la administración penitenciaria que castiga la inocencia y fomenta la corrupción; cuestiona el puro desperdicio de potencial humano en estas celdas fétidas y sofocantes, y la crueldad que está sembrando semillas de trauma en una población para las generaciones venideras. Por encima de todo, identifica las formas en que el régimen actual no solo ha tratado de estrangular y aplastar a la comunidad bahá’í iraní, sino que ha intentado deliberadamente castigar a los bahá’ís por buscar formas de aliviar su propio sufrimiento y el de otros pueblos. Y después de que finalmente se le permita abandonar la opresiva presencia de su beligerante interrogador, y escapar de su aliento acre, de su lenguaje duro y degradante, Mahvash sigue interrogándose a sí misma durante las horas de insomnio. Durante toda la noche, en la penumbra de su celda —que nunca está del todo a oscuras y nunca lo suficientemente iluminada como para leer—, cuestiona sus reacciones, se atormenta por sus motivos y se reprende a sí misma por su falta de sabiduría. Su angustia resulta tan familiar, su vulnerabilidad tan inmediata, que como lector uno se descubre compartiendo con ella el frío suelo.

Pero ella también nos ofrece respuestas. Y sus respuestas afirman maravillosamente su humanidad, su compasión por sus compañeras de prisión, su escrupulosa honestidad. De hecho, su verdadera respuesta a las preguntas recriminatorias del interrogador queda ilustrada por los actos de Mahvash y no solo por sus palabras, por su extraordinaria empatía, su reserva aparentemente inagotable de amor por aquellos con quienes entabla amistad en la prisión. Su respuesta definitiva a todas las indignidades que se abaten sobre ella es su capacidad para alzar la cabeza aun más, para encontrar la libertad en el cautiverio y la esperanza en la desesperación. Su ironía es también deliciosamente irónica, seca y muy persa; su sentido del humor y su capacidad de reírse de sí misma la salvan del sentimentalismo. Y gana la partida en esta contienda de voluntades, simplemente siendo ella misma. Sus memorias son un testimonio extraordinario del poder de la verdad.

Quizá por eso, en última instancia, este libro es mucho más que unas memorias de prisión, y por eso parece tan relevante para nuestros tiempos. Necesitamos urgentemente la verdad. Necesitamos distinguirla de la falsedad, identificar la diferencia entre hecho y ficción, realidad e ilusión. Al igual que Lady Mary Sheil, andamos a tientas en la oscuridad, «sin saber adónde ir, ni de dónde procedía el peligro». La tormenta anómala que arrastró a la esposa del embajador británico y a sus hijos por la ladera, en un diluvio de lluvia, hasta el barranco rocoso que había más abajo, ha ido ganando alcance e impulso desde 1850. Su violencia ha ido aumentando año tras año. Su curso se ha vuelto cada vez más impredecible, y sus efectos inmediatos, cada vez más catastróficos. «La humanidad, atenazada en las garras de su poder devastador, se ve abatida por las evidencias de su furia irresistible». Y hoy, al igual que Lady Mary en 1850, nosotros tampoco «podemos percibir su origen, ni sondear su significado, ni discernir su desenlace».

En un momento como este, en el que la duda ha paralizado nuestras facultades y hemos perdido toda visión de la certeza, en un momento en el que el estruendo y la devastación en el mundo desdibujan toda distinción entre el bien y el mal, y un viento poderoso parece, en efecto, estar «invadiendo las regiones más remotas y hermosas de la tierra, sacudiendo sus cimientos, alterando su equilibrio, separando a sus naciones, desbaratando los hogares de sus pueblos…», necesitamos más que nunca leer libros como este, de Mahvash Sabet.

Open Wide the Doors es como una luz brillante, un faro en la oscuridad; es la historia de un alma verdaderamente libre en las prisiones de Irán que defiende nuestro derecho a creer en la esperanza, a tener fe en el futuro y a vivir para la verdad y amarla.

B.Nakhjavani

France

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Este artículo ha sido traducido al español por Nabil Perdu.

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