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Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í. El sitio web oficial de la Fe Bahá’í es Bahai.org y el sitio web oficial de los bahá’ís de los Estados Unidos es Bahai.us.
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Aprendiendo a controlar nuestra ira

Peter Gyulay | Feb 6, 2022

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Peter Gyulay | Feb 6, 2022

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Todos los niños necesitan aprender una importante lección al crecer: cómo controlar su ira. Si alguna vez has intentado controlar la pataleta de un niño, sabrás lo abrumadora que resulta esa ira descontrolada.

La ira puede tener a veces su utilidad, pero la mayoría de las veces, si dejamos que la ira tome el control, nos convertimos en su esclavo en lugar de su amo. Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la fe bahá’í, dijo: «Los celos consumen el cuerpo y la ira quema el hígado; evítales como evitarías a un león».

Por eso es tan importante encontrar formas de manejar nuestra ira, que puede ser una emoción tan abrumadora. En este sentido, la guía del antiguo filósofo romano Séneca, cuya sabiduría se asemeja a muchas de las enseñanzas de la fe bahá’í, puede ayudar.

Séneca creía que el remedio para la ira tiene dos vertientes: evitar que surja la ira en primer lugar, y evitar que se cometa una mala acción si no hemos conseguido apagar nuestra ira, siendo el primer enfoque el ideal. Dijo: «El enemigo [la ira], repito, debe ser enfrentado y expulsado en la última línea de la frontera».

Esto supone todo un reto, y podemos encontrar un método espiritual útil en las enseñanzas bahá’ís que nos ayuda a erradicar la ira antes de que se apodere de nosotros: la advertencia de Abdu’l-Bahá de contrarrestar inmediatamente las emociones e ideas negativas con otras positivas: «Cuando se os presente un pensamiento de guerra, oponedle uno más fuerte de paz. Un pensamiento de odio debe ser destruido por uno más grande de amor».

Séneca también sugirió evitar la sospecha, la desconfianza o ahondar en los chismes que podamos escuchar. A menudo desconfiamos de otras personas por algo que hemos visto u oído sobre ellas, sin conocer la historia completa. No solo nos acercamos a esa persona con desconfianza en lugar de ser abiertos, sino que también nos infligimos daño a nosotros mismos en forma de ira interiorizada.

Sobre este punto, Bahá’u’lláh escribió: «Poned atención para que vuestras palabras estén purificadas de ociosas fantasías y deseos mundanos, y para que vuestras acciones estén limpias de astucias y sospechas».

En otras ocasiones, podemos escuchar a alguien murmurando sobre nosotros y tener el impulso de llegar al fondo del asunto, cuando eso solo nos hará sentir peor. Bahá’u’lláh nos aconsejó «… ha de considerar la murmuración como grave error y mantenerse alejado de su dominio, por cuanto la murmuración apaga la luz del corazón y extingue la vida del alma».

Otra fuente de ira proviene de esperar que los demás sean perfectos, por lo que Séneca dice que es vital ser siempre consciente de que todos somos imperfectos, incluidos nosotros mismos. En palabras de Bahá’u’lláh «No murmures los pecados de otros mientras seas tú mismo un pecador». Cuando tenemos este tipo de autorreflexión en mente, es más probable que tengamos una comprensión de las acciones dañinas de una persona y no las tomemos como algo personal.

Abdu’l-Bahá aconsejó a todos que vieran más allá de las imperfecciones y defectos de otra persona «con la vista del perdón»:

Amad a las criaturas por amor a Dios y no por sí mismas. Jamás estaréis enojados o impacientes si los amáis por amor a Dios. La humanidad no es perfecta. Existen imperfecciones en cada ser humano; seréis siempre desdichados si miráis a la gente. Pero si miráis a Dios, los amareis y seréis amables con ellos, porque el mundo de Dios es el mundo de la perfección y de la completa merced. Por lo tanto, no miréis los defectos de nadie; mirad con la vista del perdón. El ojo imperfecto contempla imperfecciones. El ojo que cubre las faltas mira hacia el Creador de las almas. Él las creó, las educa y las provee, las dota con capacidad y vida, vista y oído; por lo tanto, ellas son los signos de Su grandeza. Debéis amar y ser amables con todos, interesaos por el pobre, proteged al débil, curad al enfermo, enseñad y educad al ignorante.

Séneca también señaló que a menudo el mejor remedio para la ira es el tiempo. Con el tiempo, nuestra ira suele apaciguarse. Al reflexionar sobre los resultados potencialmente negativos de actuar impulsivamente ante nuestra ira, podemos evitarla aún más. Según Bahá’u’lláh, esto implica desarrollar una medida de autoconciencia: «el hombre debe conocer su propio ser y distinguir lo que conduce a lo sublime o a la bajeza, a la gloria o a la humillación, a la riqueza o a la pobreza». Con una mayor conciencia de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, podemos evitar hacer cosas de las que luego nos arrepentiríamos.

En una nota similar, tanto Séneca como Bahá’u’lláh recomendaron una práctica regular de auto-reflexión. Cada día, escribió Bahá’u’lláh, deberíamos reflexionar sobre nuestra conducta y responsabilizarnos por ella:

Pídete cuentas a ti mismo cada día, antes de ser llamado a rendirlas, pues la muerte te llegará sin aviso y habrás de responder por tus hechos.

Según Séneca, «La ira cesará y se volverá más suave si sabe que cada día tendrá que comparecer ante los tribunales». Esto no significa que tengamos que culparnos y odiarnos a nosotros mismos por no alcanzar la perfección, sino que tenemos que evaluar con seriedad y regularidad en qué podemos mejorar.

Para ayudar a esta reflexión regular y a la mejora continua de uno mismo, tanto Séneca como Bahá’u’lláh sugieren una práctica similar, la lectura diaria de palabras sabias. Séneca sostenía que meditando en «máximas sanas» podemos guiar nuestra actitud y nuestras acciones. Bahá’u’lláh nos pidió «Recitad los versículos de Dios cada mañana y atardecer». Al reflexionar sobre la sabiduría divina, podemos integrar gradualmente su guía en nuestra vida diaria.

Ciertamente, la ira puede ser necesaria a veces, e incluso puede tener una utilidad práctica cuando se lucha contra las injusticias, pero a menudo crece de forma desproporcionada con respecto a las situaciones a las que nos enfrentamos, y cuando eso ocurre, suele empeorar esas situaciones. Por eso es tan importante domar a la bestia salvaje de la ira antes de que desate su furia. Siguiendo el consejo espiritual de Séneca y las enseñanzas bahá’ís, cada día podemos dar un paso más para frustrar la agenda ciega y destructiva de la ira.

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