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Capital espiritual: Invertir sabiamente nuestras energías

Badi Shams | Ene 30, 2024

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Badi Shams | Ene 30, 2024

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En el mundo de las finanzas, la inversión es importante: toda nuestra economía depende de ella. Veamos la definición de inversión para determinar las similitudes entre nuestras inversiones financieras y espirituales.

La enciclopedia de la inversión, Investopedia, dice:

Invertir, en términos generales, es poner dinero a trabajar durante un período de tiempo en algún tipo de proyecto o empresa con el fin de generar rendimientos positivos (es decir, beneficios que superen el importe de la inversión inicial). Es el acto de asignar recursos, normalmente capital, con la expectativa de generar ingresos, beneficios o ganancias. Se puede invertir en muchos tipos de empresas.

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Pero más allá de poner el dinero a trabajar, en esta vida también tenemos la oportunidad de hacer inversiones espirituales, como atestiguan estas dos citas de Bahá’u’lláh extraídas de los escritos bahá’ís:

Toda alabanza y gloria sean para Dios, Quien por la fuerza de Su poder ha librado a Su creación de la desnudez de la no existencia y la ha ataviado con el manto de la vida. De entre todas las cosas creadas, Él eligió para conferir Su especial favor a la joya pura de la realidad del hombre, y la dotó con la capacidad única de conocerle y de reflejar la grandeza de Su gloria.

¡Oh siervo de Dios! Con corazón puro, desata tu lengua para alabar a tu Señor por haber hecho mención de ti mediante Su pluma esparcidora de joyas. Si pudieses darte cuenta de la grandeza de esta dádiva, te encontrarías investido de vida eterna.

El «rendimiento positivo» de esas inversiones espirituales, que las enseñanzas bahá’ís describen tan bellamente, es la vida eterna.

Por supuesto, la historia de la humanidad está llena de ejemplos de buenas y malas inversiones y, lamentablemente, la humanidad sigue haciendo inversiones muy rentables, pero increíblemente injustas; un ejemplo excelente es la inversión en la fabricación de armas de guerra.

Cuando invertimos nuestro capital en armas, en balas y en bombas, dijo el presidente Dwight Eisenhower en 1953, colgamos a la humanidad de «una cruz de hierro»:

Cada arma que se fabrica, cada buque de guerra que se lanza, cada cohete que se dispara significa, en última instancia, un robo a los que tienen hambre y no son alimentados, a los que tienen frío y no son abrigados.
Este mundo en armas no gasta solamente dinero. Está gastando el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos, las esperanzas de sus hijos. El coste de un moderno bombardero pesado es el siguiente: una moderna escuela en más de 30 ciudades. Son dos centrales eléctricas, cada una de las cuales abastece a una ciudad de 60.000 habitantes. Son dos buenos hospitales totalmente equipados. Son unas cincuenta millas de asfalto. Pagamos un solo caza con medio millón de fanegas de trigo. Pagamos un solo destructor con nuevas viviendas que podrían haber albergado a más de 8.000 personas. … Esto no es un modo de vida en absoluto, en ningún sentido verdadero. Bajo la nube de una guerra potencial, la humanidad cuelga de una cruz de hierro.

En la esfera espiritual, las energías de nuestra alma y nuestra mente representan nuestro precioso capital, y nuestra vida física en esta Tierra define la duración de la inversión. Nuestro objetivo para el rendimiento de nuestro capital: no solo la vida eterna para el individuo, sino el logro de la unidad de la humanidad, construida por el amor y la unidad. Este tipo de inversión plantea cómo podemos promover esos objetivos con nuestro carácter y nuestras almas, y cómo hacer que esas inversiones sean más eficaces purificando nuestras intenciones. Invertimos sabiamente nuestro limitado y precioso capital para obtener los mejores beneficios en este mundo y en el próximo, plenamente conscientes de que la clave está en una inversión meditada.

Lamentablemente, cuando se trata de nuestras energías espirituales, muchos pueden no tener un plan y lanzarlas al azar en cualquier dirección, o hacen una terrible inversión abusando de esas energías, lo que crea muchos más problemas de los que resuelve, perjudicándonos a nosotros mismos, a nuestras familias, amigos y a la propia comunidad.

La raíz de esa mala inversión es la falta de autoconocimiento, que abre la puerta a que los deseos egoístas sustituyan a las energías bienintencionadas. Algunas de estas acciones pueden ser principalmente involuntarias, pero no por ello dejan de perjudicar al individuo y a la comunidad, y se vuelven contraproducentes en el proceso.

Para evitar estos peligros, el conocimiento de algunos requisitos previos puede ayudarnos a navegar por las procelosas aguas de la vida.

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La mala gestión de nuestras energías espirituales, que son dones del Creador, es tristemente una de las mayores tragedias de la vida, porque los esfuerzos bienintencionados debidos a la falta de principios fundamentales de desinterés, empatía, cuidado y amor pueden traducirse en desunión, discusiones y efectos adversos en la mente.

He observado, en mis años de trabajo en comunidades de distintas partes del mundo, que aquellas que ejemplifican sus ideologías y profundos principios espirituales de fe, sin haber dominado los principios de administración u organización, tienden a funcionar mejor que las comunidades en las que se hace hincapié en la administración a costa del espíritu de la fe. Este espíritu de amor con el que se realizan los trabajos y esfuerzos suele resultar una sabia inversión de sus energías.

Antes de hacer algo, debemos ir a los fundamentos de cualquier fe, comprenderlos y aplicarlos a nuestra vida cotidiana para que pasen a formar parte de nuestra alma. Solo entonces podremos proclamar nuestras creencias, con o sin palabras, y esperar que nuestros actos hablen más alto que nuestras palabras, afectando significativamente a los observadores.

Nuestra vida rápida y moderna y sus fórmulas para el éxito nos han privado de tiempo suficiente para meditar y planificar la inversión de nuestras energías espirituales, lo que ha provocado muchos problemas en el mundo. La manera fácil de invertir material o espiritualmente no conduce necesariamente a grandes beneficios; si no nos sacrificamos un poco, no merecemos los beneficios. Nuestras escasas y preciosas energías humanas y espirituales merecen reconocimiento y atención para ser sabiamente invertidas con gran cuidado, ya que nuestras vidas no son lo suficientemente largas como para corregir continuamente nuestros errores y empezar de nuevo. En un abrir y cerrar de ojos, esta vida habrá terminado, y responderemos ante nuestro Creador de lo que hayamos hecho con Su don de la vida y del espíritu.

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