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Cómo la espiritualidad puede vencer al pesimismo

David Langness | Abr 12, 2023

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David Langness | Abr 12, 2023

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Cuando era pequeño, el padre de mi mejor amigo tenía una visión oscura y pesimista del futuro. Obviamente, había tenido dificultades en la vida, se había enfrentado al odio, al dolor y a los prejuicios, y por eso no le gustaba mucho la gente.

No aprendí la palabra «misántropo» sino hasta más tarde, pero su definición –alguien a quien no le gusta la gente o desconfía de ella– encajaba bastante bien con el padre de mi amigo. Supongo que podría decirse que tenía un caso grave de discontinuidad: sentía que el mundo en evolución no estaba a la altura de sus expectativas de lo que debería llegar a ser. La gente siempre le decepcionaba.

Por supuesto, yo era un niño entonces, y los niños normalmente no ven la realidad de esa manera. Cuando eres joven, tiendes a mirar el mundo y a su gente con ojos más inocentes y esperanzados. Los jóvenes, a menos que provengan de familias o sociedades disfuncionales, suelen ser optimistas por naturaleza.

Pero a medida que envejecemos, golpeados por las ineludibles pruebas y dificultades de la vida, podemos volvernos heridos, hastiados, cínicos y misántropos. De niño, el padre de mi amigo me parecía bastante raro, pero de adulto entiendo cómo y por qué adoptó su filosofía de «la gente no sirve para nada». Era fruto de la profunda angustia que sufría, de las guerras que presenciaba, de las formas injustas en que los demás actuaban habitualmente. Como alma sensible, desarrolló una gruesa coraza emocional para protegerse y defenderse de toda esa angustia, y eso le endureció.

Sin embargo, su pesimismo tuvo un coste importante. Las investigaciones han demostrado que las personas pesimistas tienen mayor incidencia de ansiedad, depresión, trastornos del sueño, hostilidad, hipertensión arterial y enfermedades cardiacas. El padre de mi amigo murió a una edad temprana, víctima de muchas de esas enfermedades. Sencillamente, le falló el corazón. Su hijo me dijo: «Mi padre murió de decepción».

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Conocerle me hizo darme cuenta de que nadie escapa al sufrimiento en esta existencia terrenal, pero también me hizo preguntarme: ¿cómo podemos evitar su impacto negativo en nuestro carácter? ¿Qué podemos hacer para conservar el optimismo y la esperanza innatos de la infancia, incluso después de habernos enfrentado a la pena y el dolor de la edad adulta que todos experimentamos inevitablemente?

Estas preguntas me han acompañado durante mucho tiempo. Por eso, hoy, cuando conozco a un adulto que parece conservar intacto el optimismo, la alegría y la esperanza, tiendo a preguntarle: «¿Qué te hace ver la vida de forma tan positiva? ¿Qué es lo que te hace esperar lo mejor, e incluso esperar que ocurra?». Los resultados de mi encuesta informal, que realizo desde hace varias décadas, me han sorprendido.

He descubierto, porque he hecho esas preguntas unos cientos de veces, que las personas optimistas, felices y bien adaptadas tienden a responder de una de estas dos maneras: o bien han alimentado un sistema de creencias que les da sustento espiritual, o bien tratan sus sentimientos de pesimismo con acción. A veces, en los adultos más felices y seguros que he conocido, la respuesta es ambas.

1. Un sistema de creencias que ofrece sustento espiritual

Los humanos somos los únicos seres que contemplamos nuestro propio futuro a largo plazo y tenemos una clara conciencia de nuestra eventual desaparición física. Esta conciencia de nuestra propia mortalidad nos cambia. El psicólogo existencial y escritor Irvin Yalom escribió: «… nuestra existencia está ensombrecida para siempre por el conocimiento de que creceremos, floreceremos e, inevitablemente, declinaremos y moriremos».

Los psicólogos llaman a esa conciencia universal «ansiedad ante la muerte», y muchos creen que subyace a toda ansiedad. Rollo May, psicólogo y autor de Love and Will (El amor y la voluntad), afirmó que todo el mundo se enfrenta a la mayor dicotomía de la vida: encontrarle sentido a la vida, a la vez que nos enfrentamos al conocimiento de la proximidad de nuestra muerte. Según él, esta dicotomía existencial conduce a veces a lo que él llama «ansiedad negativa», que obstaculiza y restringe la vida, o bien, dependiendo de nuestras creencias, a la «ansiedad positiva», que nos lleva a una vida llena de potencial y sentido.

Todo esto depende de lo que cada uno crea sobre la vida y la muerte.

Las enseñanzas bahá’ís nos piden que veamos la muerte como un segundo nacimiento, como el paso del espíritu humano del mundo físico al mundo espiritual eterno. Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la Fe Bahá’í, escribió:

La primera vida, que pertenece al cuerpo físico, llegará a su fin, tal como ha revelado Dios: “Toda alma probará la muerte”; pero la segunda vida, que surge del conocimiento de Dios, no sabe de muerte…”.

Los bahá’ís no creen en el infierno. Todas las almas humanas, según las enseñanzas bahá’ís, ascienden a un más allá espiritual en el otro mundo, y experimentan allí los frutos de sus vidas aquí, en esta existencia material. El infierno, decía Abdu’l-Bahá, representa una metáfora de la condición del alma más que un lugar:

El paraíso y el infierno de la existencia se encuentran en todos los mundos de Dios, tanto en éste como en los mundos espirituales y celestiales. Ganar estas recompensas es ganar la vida eterna… Quien esté privado de tales favores divinos, si bien continúa viviendo después de la muerte, es considerado un muerto por el pueblo de la verdad.

Abdu’l-Bahá también dijo: “Pensad que el amor y la buena camaradería son las delicias del cielo; pensad que la hostilidad y el odio son los tormentos del infierno”. Podemos experimentar el infierno aquí mismo en la Tierra, como sin duda lo había hecho el padre de mi amigo. Nuestras propias perspectivas, acciones y actitudes pueden hacer que nuestras vidas sean celestiales o infernales.

2. Tratar el pesimismo con acción

Cuando el mundo nos parece una carga terrible de soportar, cuando la guerra y la enfermedad y la degradación del medio ambiente pesan sobre nosotros, cuando la vida se vuelve agria y triste; cuando la depresión y la desesperación nos llevan al pesimismo, tenemos una elección. Podemos reaccionar con la inacción o con la acción.

Las personas optimistas, que tienen esperanza en el futuro, tienden a ver los problemas como oportunidades potenciales para actuar. Las personas pesimistas, en cambio, ven los aspectos negativos de esos problemas, ya sean personales o globales. Dado que quienes tienen un enfoque pesimista de la vida prevén todos los peligros y escollos potenciales en el camino –y dado que el miedo a la muerte subyace cada uno de esos peligros–, los pesimistas rara vez tienen mucha esperanza en el futuro. Por eso los pesimistas suelen permanecer pasivos cuando se enfrentan a un reto.

Así que podemos intentar, como hacen muchos pesimistas, aislarnos de la mezquindad del mundo, alejarnos de los demás y encerrarnos en un caparazón oscuro, o podemos tomar medidas para contrarrestar esos sentimientos de desesperanza. Simplemente, podemos escondernos bajo las sábanas o levantarnos y hacer algo esperanzador.

Numerosos estudios científicos han demostrado que la acción desinteresada y altruista puede contrarrestar e incluso curar el pesimismo. El New York Times informó recientemente sobre uno de estos proyectos de investigación, un estudio de cinco años de 846 personas en Detroit, que concluyó que los acontecimientos estresantes de la vida «tenían un mayor efecto en las personas que eran menos serviciales con los demás –mientras que ayudar a los demás parecía borrar los efectos físicos perjudiciales de las experiencias estresantes». Las enseñanzas bahá’ís llegaron a esa misma conclusión mucho antes de que se realizaran tales estudios. Bahá’u’lláh escribió:

No os ocupéis con vuestros propios asuntos; que vuestros pensamientos se fijen en lo que ha de restituir la prosperidad de la humanidad y santificar los corazones y almas de los hombres. La mejor manera de lograr esto es mediante acciones puras y santas, una vida casta y un buen comportamiento.

En sus escritos, Abdu’l-Bahá dio el mismo consejo:

Que en todo momento se preocupen por hacer una buena obra para alguno de sus congéneres, ofreciendo a alguien amor, consideración, atenta ayuda.

Cuando actuamos de forma altruista y desinteresada en beneficio de los demás –independientemente de si nos sentimos pesimistas u optimistas– desplazamos el foco de atención de nuestro propio paisaje interior a una lente más amplia. Si ayudamos a los demás con sus problemas, nuestros propios problemas pierden importancia. Además, el mero hecho de hacer algo positivo aumenta la positividad y el optimismo, lo que nos permite soportar nuestras propias cargas de penuria y sufrimiento de forma más fácil y equitativa.

En 1910, según se informa, Abdu’l-Bahá dio este consejo espiritual y psicológicamente sagaz a una médica alemana, la Dra. Josephine Fallscheer, cuando ella le preguntó qué podía hacer ante los abrumadores problemas de la humanidad:

… si estás tan enojado, tan deprimido y tan afligido que tu espíritu no puede encontrar liberación y paz ni siquiera en la oración, entonces ve rápidamente y dale algún servicio a alguien humilde o afligido, o a un doliente culpable o inocente. Sacrifícate a ti mismo, tu talento, tu tiempo, tu descanso por otro, por alguien que tenga que soportar una carga más pesada que la tuya.

Un año más tarde, durante su estancia en Londres, Abdu’l-Bahá se refirió a las terribles condiciones que padecían los ciudadanos más pobres de Inglaterra, y aconsejó:

Debéis volver vuestra atención con mayor empeño a la mejora de las condiciones de los pobres. No os contentéis hasta que toda persona con la que tratéis no sea como un miembro de vuestra familia. Miraos los unos a los otros bien como un padre, o como un hermano, o como una hermana, o bien como una madre, o como un hijo. Si podéis lograrlo, vuestras dificultades se desvanecerán, sabréis lo que habéis de hacer. Ésta es la enseñanza de Bahá’u’lláh.

La acción altruista, por tanto, tiene el poder de desterrar las dificultades y la depresión. Cualquiera que se sienta pesimista sobre el estado del mundo puede simplemente encontrar un lugar donde ofrecerse como voluntario, dando su tiempo y energía en beneficio de la humanidad. Quienes lo hagan cambiarán un pesimismo nocivo por una perspectiva más feliz y espiritual.

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