Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

La religión y la medicina han estado entrelazadas a lo largo de la historia, especialmente en los países orientales. En Occidente, la separación de la iglesia y la ciencia, desde la Edad Media ha afectado negativamente a esa relación. Desde el siglo XIX, la religión ha sido marginada por las filosofías materialistas, las cuales han influido en los psicólogos y psiquiatras, entre ellos Sigmund Freud, que consideraba la religión como una neurosis. Sin embargo, durante los últimos 30 años ha habido un creciente interés y se han realizado estudios de investigación sobre la relación entre la religión, la espiritualidad y la salud mental. Los resultados han demostrado, en su mayor parte, que la religión tiene un efecto positivo en el bienestar y la salud mental.

“La resistencia espiritual es una herramienta poderosa para… mantener una buena salud mental”

Hoy en día, la salud mental se está convirtiendo en uno de los temas de preocupación médica más apremiantes en todo el mundo, la cual requiere seria atención y apoyo. En medio de los efectos devastadores e incapacitantes de la pandemia COVID-19, la angustia, la ansiedad y el miedo han ido en aumento. Esto ha llevado, entre otras conductas negativas, a un aumento del abuso de opiáceos y otras drogas. Por otro lado, millones de personas están recurriendo a la oración y a la ayuda religiosa, así como al asesoramiento psicológico.

Según la Organización Mundial de la Salud, la salud mental se define como “las capacidades y la adaptación positiva que permiten a las personas hacer frente a la adversidad y alcanzar su pleno potencial y humanidad”. Desde esta perspectiva, la resiliencia espiritual es una herramienta poderosa para hacer frente a la adversidad y mantener una buena salud mental.

Abdu’l-Bahá, hijo de Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la fe bahá’í, sugirió un enfoque doble para la curación que bien podría contribuir y ampliar los conceptos de curación en el futuro. Él escribió: “Existen dos maneras de curar las enfermedades: por medios materiales y por medios espirituales. La primera se efectúa por el tratamiento de los médicos; la segunda consiste en oraciones que los seres espirituales ofrecen a Dios y en volverse hacia Él. Deben utilizarse y practicarse ambos medios”. Él explicó que “una dolencia causada por la aflicción, el temor o impresiones nerviosas será curada más eficazmente por un tratamiento espiritual que por uno físico”.

¿Podría la actual psicoterapia de los trastornos emocionales ser vista como una terapia espiritual? Esto depende del tipo de psicoterapia. Sin embargo, podemos asumir que si cualquier terapia toma en consideración la realidad espiri tual de la naturaleza humana, tendrá un beneficio espiritual para el paciente.

Hay factores psicológicos, sociales y culturales involucrados en el reconocimiento y manejo de los problemas de salud mental. Ser consciente de las desigualdades entre los que reciben asistencia de salud mental es un imperativo que requiere que todos los que proporcionan dicha asistencia ejerzan las cualidades espirituales de compasión y justicia. Al abordar la salud mental mundial, no solo debemos mejorar la salud y el bienestar de las personas, sino también prevenir las enfermedades de la mente y el estado de ánimo.

En 2011, la revista científica líder en el mundo Nature identificó lo que llamó “Los grandes desafíos en la salud mental mundial”.

“Has de saber que el alma del hombre está por encima de todas las enfermedades del cuerpo y de la mente y es independiente de ellas…”. – Bahá’u’lláh.

Para dar algunos ejemplos de esos desafíos, dijo que “la depresión es el tercer mayor contribuyente a la carga de la salud mundial, mientras que el consumo de alcohol y drogas ilícitas representa más del 5% de esa carga. Cada siete segundos, alguien desarrolla demencia, lo que le ha costado al mundo hasta 609.000 millones de dólares en 2009. Se estima que para el 2020, un millón y medio de personas morirán cada año por suicidio”.  Los gobiernos y los profesionales de la salud de todo el mundo tienen la enorme responsabilidad de mitigar esos sufrimientos.

Para demostrar el alcance de los desafíos de la salud mental en todo el mundo, he aquí una breve reseña de un informe publicado en The Guardian en 2017. Según el Institute for Health Metrics Evaluation Global Burden of Disease (Instituto de Evaluación de Métricas de Salud, Carga Global de la Enfermedad), casi el 13% de la población mundial -unos 971 millones de personas- sufre algún tipo de enfermedad mental. Los cálculos sobre la incidencia de los trastornos mentales importantes entre 1990 y 2017 son los siguientes (del mayor al menor número de personas afectadas):

  1. Ansiedad
  2. Uso indebido de sustancias
  3. Trastorno depresivo mayor
  4. Distimia (depresión crónica, menos severa)
  5. Trastorno bipolar
  6. Demencia
  7. Esquizofrenia
  8. Desórdenes alimenticios

(Guardian Graphic/Source:  Instituto de Evaluación de Métricas de Salud, Carga Global de la Enfermedad. 2017.)

En los Estados Unidos más de 45 millones de estadounidenses – casi el 20% de la población – están experimentando enfermedades mentales. Además, 10,3 millones de adultos tienen pensamientos suicidas graves. Esto es un aumento de casi 450.000 personas en comparación con los datos del año anterior. No obstante, el 57% de los adultos con una enfermedad mental no están recibiendo tratamiento.

Si bien estos son desafíos de salud mental que deben ser abordados por los profesionales de la salud, al mismo tiempo, la religión y la espiritualidad también tienen un papel que desempeñar en la mitigación del sufrimiento y la desesperanza de los afectados.

El alma humana es independiente de las enfermedades y discapacidades físicas y mentales. Los pacientes que sufren de depresión, enfermedad bipolar u otros trastornos psiquiátricos deben comprender que, aunque su mente y su cerebro puedan ser incapaces de concentrarse o procesar información, su alma no está incapacitada ni es disfuncional. Como escribió Bahá’u’lláh, “Has de saber que el alma del hombre está por encima de todas las enfermedades del cuerpo y de la mente y es independiente de ellas. Que una persona enferma muestre signos de debilidad se debe a los obstáculos que se interponen entre su alma y su cuerpo, porque el alma misma no es afectada por ninguna dolencia del cuerpo”.

Como Shoghi Effendi, el Guardián de la fe bahá’í aclaró en la siguiente declaración a un individuo: “Debe recordar siempre, no importa cuán afligido esté Ud. u otras personas con problemas mentales, y a pesar del ambiente agobiante de esas instituciones estatales, que su espíritu está sano, cerca de nuestro Bienamado, y que en el mundo venidero disfrutará de un estado feliz y normal del alma. Esperemos mientras tanto que los científicos encuentren curaciones mejores y más permanentes para los enfermos mentales…”.

Esto no significa que la religión y la espiritualidad puedan reemplazar los esfuerzos y tratamientos profesionales. Pero las enfermedades mentales y físicas no tienen ninguna relación con el progreso del alma o el espíritu humano, y el pensamiento de que los pacientes con enfermedades mentales son menos espirituales es falso e incorrecto.

La religión es esencialmente una poderosa fuerza espiritual que da una visión profunda del verdadero propósito y significado de la vida. Es una “Conciencia Universal” que proporciona a las personas esperanza, optimismo, autoestima y satisfacción en este mundo caótico y estresante. La participación religiosa y espiritual y el apoyo de la comunidad refuerzan la capacidad de afrontar mejor los desafíos de la salud mental, fortaleciendo la capacidad de recuperación y el compañerismo, y disminuyendo el aislamiento y la soledad. 

Las enseñanzas de la mayoría de las religiones salvaguardan el bienestar de las personas y tienen una influencia preventiva con respecto a los trastornos físicos y mentales. Entre estas enseñanzas se encuentran la promoción de virtudes como el amor y la unidad. Sin embargo, las enseñanzas religiosas también han sido mal utilizadas o mal interpretadas, lo que ha dado lugar a la promoción del odio, el fanatismo y la violencia, todo lo cual causa división y conflictos, que también pueden tener un impacto negativo en la salud mental. 

Muchos pacientes con trastornos psiquiátricos también tienen necesidades y desafíos espirituales. Por lo tanto, tarde o temprano la atención espiritual tendrá que formar parte de un programa de salud mental.

La ciencia médica actual define la salud mental en términos de componentes emocionales, intelectuales, físicos y psicosociales. Sin embargo, si percibimos a los seres humanos como seres nobles y espirituales, este concepto podría tener un efecto positivo y más significativo en nuestra actitud hacia los pacientes y la salud mental. La vida es un viaje, y el eterno espíritu humano continuará su viaje hacia el mundo espiritual. Abdu’l-Bahá lo describió como “un mundo de santidad y esplendor”.

En este mundo terrenal, escribió Abdu’l-Bahá, el alma necesita adquirir atributos divinos para estar preparada para el mundo espiritual: “Ese mundo divino es manifiestamente un mundo de luces; por consiguiente, el hombre necesita iluminarse aquí. Ese es un mundo de amor; el amor de Dios es esencial. Es un mundo de perfecciones; las virtudes o perfecciones deben ser adquiridas…”. Sobre la base de estas verdades, la naturaleza de la salud mental y su desarrollo tendrán que ser redefinidos y ampliados.

Harold Koenig y varios otros investigadores llevaron a cabo una extensa revisión de los hallazgos sobre la relevancia y los beneficios de la religión y la espiritualidad en las universidades de Columbia, Harvard y Duke. Incluyó cerca de 3.300 estudios que fueron revisados en 2010. Los resultados mostraron una creciente evidencia de que la participación religiosa está relacionada con una mejor salud mental. El equipo de investigación encontró que el 82% de los estudios reportaron una correlación positiva entre la religión y la espiritualidad y el bienestar, un 73% de relación positiva con respecto a la esperanza, un 80% de beneficios positivos con respecto al optimismo y un 93% con respecto al significado y propósito de la vida.

Su análisis de los datos de la investigación sobre la depresión señaló que esta prevalecía, en los Estados Unidos, entre el 10 y el 20% de la población, según el género. Los investigadores registraron tasas más bajas de depresión entre las personas más religiosas, el 67% de los estudios mostraron una relación inversa entre la religión y la espiritualidad y la depresión.

En cuanto a la relación de la religión y la espiritualidad con la ansiedad, se observó que la ansiedad es un fuerte motivador que impulsa a las personas hacia la religión, ya que la religión suele consolar a los afligidos por la ansiedad. Los investigadores informaron que el 55% de los estudios encontraron que las intervenciones religiosas y espirituales redujeron la ansiedad, en mayor medida que la intervención estándar o una condición de control.

Con respecto al efecto de la religión en el suicidio, debido a que este está prohibido en muchas religiones, y gracias a una mayor esperanza, optimismo y sentido de propósito y significado entre las personas religiosas, así como a un menor índice de depresión, se informó que el índice de suicidios está inversamente relacionado con la religión y la espiritualidad.

La relación entre la religión y la espiritualidad y el abuso del alcohol y las drogas ha sido ampliamente explorada. El efecto positivo de la espiritualidad en los alcohólicos y su rehabilitación a través de Alcohólicos Anónimos (AA) ha sido bien documentado. El equipo de investigación reportó una relación inversa entre la religión y la espiritualidad y el consumo de alcohol (86%).  Una relación inversa similar fue reportada entre la religión y la espiritualidad y el abuso de otras sustancias.

Desafortunadamente, hay millones de pacientes de salud mental que no están recibiendo tratamiento debido a una variedad de factores. Entre ellos figuran la pobreza, la falta de educación, la falta de instalaciones disponibles y la discriminación debido a su enfermedad. La estigmatización de los enfermos mentales es frecuente y actúa como una barrera que impide a muchos buscar ayuda y tratamiento.

Además, las suposiciones de que la enfermedad física o mental es un castigo de Dios, el resultado de espíritus malignos u otras supersticiones pueden socavar los esfuerzos por lidiar con la enfermedad entre quienes sostienen tales creencias y contribuir a la influencia negativa de la religión. Es posible que se desarrollen sentimientos de culpa, ira y un comportamiento obsesivo con respecto a la relación de uno con Dios y con la religión cuando una persona trata de cumplir con las creencias rígidas y contundentes de algunas tradiciones religiosas. Como resultado de estas experiencias, además de los conflictos mentales y los pensamientos delirantes de algunos pacientes, estos pueden percibir las creencias religiosas como una amenaza a su seguridad y pueden perder su confianza en la religión e incluso en Dios.

En cuanto a las emociones humanas, Abdu’l-Bahá explicó que “En este mundo estamos influidos por dos sentimientos: alegría y pena… No existe ser humano que no esté sometido a estas dos influencias; pero todos los sufrimientos y las penas que existen provienen del mundo material; el mundo espiritual sólo confiere alegría”.

La Casa Universal de Justicia, el órgano internacional de gobierno de la fe bahá’í, ha declarado que “la enfermedad mental no es espiritual, aunque sus efectos puedan impedir y ser una carga en su esfuerzo hacia el progreso espiritual. En una carta escrita en nombre del Guardián a un creyente hallamos el siguiente pasaje: ‘Tales impedimentos (p. ej., enfermedades y dificultades externas), no importa cuán severos e insuperables puedan parecer en un principio, pueden y deben ser superados efectivamente a través del poder combinado y sostenido de la oración y del esfuerzo continuo y decidido’”.

Esta aclaración sobre los efectos espirituales y materiales en la emoción humana abre nuevas perspectivas a nuestro concepto de salud mental y tiene profundas implicaciones para la psicología de la curación.

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