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Las 5 cualidades de las personas verdaderamente inteligentes

David Langness | Mar 31, 2024

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David Langness | Mar 31, 2024

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¿Qué significa ser una persona con muchos conocimientos, una persona verdaderamente culta? ¿Se necesitan varios diplomas, una profesión académica o un coeficiente intelectual especialmente alto?

No necesariamente. Las enseñanzas bahá’ís ofrecen una definición diferente.

En la página 83 del último libro que Bahá’u’lláh escribió antes de morir, la Epístola al hijo del lobo, esbozó cinco criterios para convertirse en una de las personas «verdaderamente sabias» del mundo:

Sabe que es verdaderamente sabio quien ha reconocido Mi Revelación, ha bebido del Océano de Mi conocimiento, se ha elevado en la atmósfera de Mi amor, ha desechado todo lo que no sea Yo y se ha asido firmemente a lo que ha descendido desde el Reino de Mi maravillosa expresión. Él es, en verdad, como un ojo para la humanidad y como el espíritu de vida para el cuerpo de toda la creación.

He aquí esos cinco criterios, abreviados en forma de lista:

  1. Reconocer la revelación de Bahá’u’lláh.
  2. Beber del océano de Su conocimiento
  3. Elevarse en la atmósfera del amor de Bahá’u’lláh
  4. Desechar todo lo demás que no sea Él
  5. Y «asirse firmemente» a las palabras de la revelación bahá’í.

Examinemos estos cinco criterios bahá’ís para ser verdaderamente sabios y exploremos sus ramificaciones.

Reconocer la revelación de Bahá’u’lláh

Cuando aparece un nuevo mensajero divino y comienza a enseñar a otros, los primeros discípulos y seguidores de ese mensaje divino son venerados para siempre como visionarios. Hemos olvidado en gran medida a los grandes eruditos e intelectuales de la época de Cristo, por ejemplo, pero aún recordamos a los apóstoles Pablo y Pedro, y a la humilde seguidora de Cristo, María Magdalena, que viajó con Jesús, apoyó su ministerio y presenció su crucifixión. Las enseñanzas bahá’ís dicen esto sobre María Magdalena, de un discurso que Abdu’l-Bahá pronunció en Londres en 1911:

La Bondad y poder de Dios no tiene límites para toda alma humana. Repara en el poder vivificador de Cristo cuando estuvo en la tierra. ¡Mira sus discípulos! Eran pobres e incultos. De un pescador rudo hizo al gran Pedro, y de la pobre aldea de Magdala alzó a quien es un poder en todo el mundo de hoy. Muchas mujeres han reinado a las que se recuerda por sus fechas históricas, y poco más es lo que se sabe de ellas. Pero María Magdalena es la más grande de todas. Fue ella la que con su amor fortaleció a los discípulos cuando la fe de éstos empezaba a flaquear. Lo que ella hizo por el mundo no puede medirse. ¡Ved pues la clase de poder divino que prendió en su persona por el poder de Dios!

Entonces, ¿podría este reconocimiento y aceptación tempranos de un nuevo mensajero divino ser el quid de una verdadera inteligencia espiritual? ¿Podría resultar que el descubrimiento y el reconocimiento de un nuevo profeta, a pesar de que esos santos mensajeros suelen aparecer de forma discreta, constituya un factor mayor y más acertado que cualquier descubrimiento científico o tecnológico?

Podríamos pensarlo así si nos hiciéramos esta pregunta: «¿Cómo habría reaccionado yo si hubiera vivido en la época de Cristo, o de Buda, o de Bahá’u’lláh? ¿Habría buscado y reconocido las afirmaciones espirituales de esos mensajeros? ¿O las habría ignorado?

Beber del océano de Su conocimiento

Por su propia naturaleza, los fundadores y profetas de las grandes religiones del mundo tienen un enorme impacto a largo plazo en la humanidad. Aportan al mundo nuevas enseñanzas, leyes y filosofías que afirman la vida, y los profundos efectos de su guía moral y espiritual no solo dan origen a nuevos conocimientos, sino a civilizaciones completamente nuevas. Miles de millones de personas siguen sus enseñanzas e intentan llevar sus vidas siguiendo los ejemplos que los profetas proporcionaron.

Podemos beber, nos dice Bahá’u’lláh, de ese ilimitado manantial de conocimiento sin igual si nos sumergimos en los escritos y enseñanzas de una nueva revelación:

¡Oh viajero que te has remontado al dominio de la guía y has ascendido al reino de la virtud! Si deseas comprender estas alusiones celestiales, presenciar los misterios del conocimiento divino y llegar a conocer Su omnímoda Palabra, corresponde entonces a tu eminencia preguntar sobre estas y otras cuestiones relativas a tu origen y meta última a aquellos a quienes Dios ha hecho que sean la Fuente de Su conocimiento, el Cielo de Su sabiduría y el Arca de Sus misterios… Por consiguiente, imploramos a Dios que nos sumerja en estos encrespados mares, que nos favorezca con la presencia de estas brisas vivificantes y nos haga habitar en estos divinos y sublimes recintos de modo que, por ventura, podamos despojarnos de todo lo que hemos tomado unos de otros y desprendernos de las prendas ajenas que hayamos quitado a nuestros congéneres, para que, en su lugar, Él nos vista con el atuendo de Su misericordia y la túnica de Su guía, y nos permita entrar en la ciudad del conocimiento.

Quienquiera que entre en esta ciudad comprenderá todas las ciencias antes de escudriñar sus misterios y obtendrá, de las hojas de sus árboles, un conocimiento y sabiduría que abarque los misterios del señorío divino que están guardados en los tesoros de la creación.

¿Qué gran biblioteca, qué inteligencia artificial super entrenada, qué repositorio humano de aprendizaje y conocimiento podría superar el conocimiento del Creador del universo? ¿Cómo podrían las «prendas ajenas» del aprendizaje hechas por el hombre superar la profundidad y amplitud de la sabiduría de esa fuente infinita?

Si estudiamos solo en la fuente del aprendizaje adquirido por el hombre, escribió Bahá’u’lláh en su Libro de la certeza, fracasaremos en ascender a «la más elevada cima del saber»:

Considera: ¿cómo puede aquel que en el día de la Revelación de Dios no logra la gracia de la «Presencia Divina», ni reconoce a Su Manifestación, llamarse con justicia sabio, aunque haya dedicado siglos al estudio del conocimiento y adquirido todo el limitado saber material de los hombres? Es sin duda evidente que de ningún modo se puede afirmar que posea el verdadero conocimiento. En tanto que el más iletrado de todos los hombres, si es honrado con esta suprema distinción, es verdaderamente tenido por uno de esos hombres divinamente sabios, cuyo conocimiento es de Dios; ya que tal hombre ha llegado a la cumbre del conocimiento y ha alcanzado la más elevada cima del saber.

Elevarse en la atmósfera del amor de Bahá’u’lláh

Este tercer criterio bahá’í de la verdadera sabiduría y conocimiento trasciende el aprendizaje en sí y se extiende a los reinos más elevados del afecto, la compasión y la atracción espiritual.

El intelecto humano tiene limitaciones significativas, como individuos, podemos saberlo casi todo sobre ciertos campos estrechos del conocimiento, pero aún así ser severamente deficientes en nuestro nivel de inteligencia emocional.

Aquí, en el reino del amor, las cualidades intelectuales de la mente reciben un regalo del corazón que ninguna cantidad de conocimiento fáctico adicional puede conceder, como escribió Abdu’l-Bahá: «Toda clase de conocimiento, toda ciencia, es como un árbol: si su fruto es el amor de Dios, entonces es un árbol bendito; mas si no lo es, ese árbol no es más que madera seca y tan sólo sirve para alimentar el fuego».

En su libro El secreto de la civilización divina, Abdu’l-Bahá llamó a toda la humanidad a alcanzar los más altos resultados imaginables del verdadero conocimiento:

Debemos ahora empeñarnos con gran resolución a alzarnos y valernos de todos esos instrumentos que promueven la paz y el bienestar y felicidad, el conocimiento, la cultura e industria, la dignidad, valor y dignidad de la raza humana entera. Así, mediante las aguas restauradoras de una intención pura y del esfuerzo entregado, verdeará la tierra de las potencialidades humanas con su propia excelencia latente, y florecerá trocándose en cualidades elogiosas…

Ningún conocimiento terrenal puede igualar la sabiduría espiritual que aporta un nuevo mensajero.

RELACIONADO: Construyendo la arquitectura espiritual de la mente

Desechar todo lo demás

Al principio, este cuarto paso para alcanzar el verdadero aprendizaje puede parecer difícil de entender y de cumplir. ¿Qué quiere decir Bahá’u’lláh cuando nos pide que «desechemos todo lo que no sea Yo»? El pronombre personal en esa frase no se refiere a Bahá’u’lláh, sino que se refiere directamente a Dios, y en última instancia nos pide que volvamos nuestras mentes y corazones al conocimiento del Creador en lugar de confiar en nuestras propias comprensiones humanas limitadas.

En pocas palabras, las enseñanzas bahá’ís alientan y veneran todo el conocimiento científico y cada nuevo descubrimiento que la humanidad pueda utilizar para su prosperidad y paz. Estas cosas, escribió Bahá’u’lláh, nos vienen en última instancia de la gracia y el amor del Todopoderoso:

Las brisas del Más Misericordioso han pasado sobre todas las cosas creadas; dichoso el hombre que ha descubierto su fragancia y se ha vuelto hacia ellas con un corazón sano. Atavía tu templo con el ornamento de Mi Nombre; tu lengua, con el recuerdo de Mí, y tu corazón, con el amor hacia Mí, el Todopoderoso, el Altísimo. Nada te hemos deseado excepto aquello que es mejor para ti que lo que posees y todos los tesoros de la tierra. Tu Señor, en verdad, es conocedor y está informado de todo.

En quinto y último lugar, Bahá’u’lláh recomienda que cada buscador espiritual en pos del verdadero conocimiento, sabiduría y aprendizaje:

Se [aferre] firmemente a lo que ha descendido desde el Reino de Mi maravillosa expresión.

Al seguir esta guía, explicó Bahá’u’lláh, se puede transformar a un individuo en «el espíritu de vida para el cuerpo de toda la creación».

Cuando anhelamos el aprendizaje y el conocimiento, ¿dónde lo buscamos? Aquí, en estas cinco breves indicaciones de los escritos de Bahá’u’lláh, está la clave.

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