Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

 “¿Cuál es la principal causa de la indigencia?”, me preguntó una vez un periodista. “La falta de un hogar”, dije. “No, no, de verdad”, respondió, riéndose como si estuviera bromeando. “No, de verdad”, respondí, muy en serio.

Algunas sociedades han resuelto esta ecuación tan básica, y otras no. Personalmente, me llevó unos años de trabajar con gente sin hogar para entenderla. Las enseñanzas bahá’ís también me ayudaron a entender esa realidad:

¡Oh divina Providencia! Dignos de lástima somos, concédenos Tu socorro; vagabundos sin hogar, danos Tu amparo; estamos dispersos, únenos; extraviados, reúnenos en Tu rebaño; desposeídos, confiérenos una porción; sedientos, condúcenos al manantial de la Vida; débiles, fortalécenos para que nos dispongamos a ayudar a Tu Causa y nos ofrezcamos como un sacrificio viviente en el camino de guía. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá.

Esa línea de la oración de Abdu’l-Bahá – “vagabundos sin hogar, danos Tu amparo” – resonó profundamente en mí, y me ayudó a encontrar un camino desde la antigua forma tradicional de tratar a la indigencia a una completamente nueva y mucho más eficaz. Déjenme contarles la historia.

Cuando unos pocos amigos y yo fundamos Homeless Health Care Los Angeles (Centro de Salud para los Desamparados de Los Ángeles) en 1985, inicialmente usamos el modelo estándar de trabajo social para tratar con las personas sin hogar. Ese modelo suele ser el siguiente: una persona sin hogar tiene que subir una gran escalera ascendente de desafíos para conseguir alojamiento, primero debe aceptar entrar en un programa de asesoramiento sobre abuso de sustancias o salud mental, luego debe recuperarse lo suficiente o estar lo suficientemente limpio y sobrio para merecer una estancia en alojamientos temporales como misiones o refugios, luego debe encontrar trabajo, para que finalmente pueda ser recompensado por todo ese esfuerzo por volver a encarrilar su vida con un lugar donde vivir.

En este modelo tradicional, las reglas y restricciones hacen que cada peldaño de esa escalera sea una subida bastante dura. Si te caes del vagón de la sobriedad, por ejemplo, incluso con una pequeña recaída temporal, vuelves a bajar al primer peldaño para empezar de nuevo. Si recaes en tu programa de tratamiento, la mayoría de los refugios tradicionales ni siquiera te darán una cama para dormir.

Pero a medida que la crisis de la indigencia en Estados Unidos se intensificaba en los años 80 y 90, los proveedores de servicios como la organización que yo ayudé a dirigir pronto comenzaron a darse cuenta de que este viejo modelo de trabajo social solía victimizar sin querer a las personas a las que intentaba servir.

Aquí hay un ejemplo de la vida real que conocí en Los Ángeles: una mujer llamada Margaret (no es su nombre real) llegó a un centro temporal para personas sin hogar en Skid Row con aliento a alcohol. El centro tenía una cama disponible, pero sus reglas requerían sobriedad como condición previa para permanecer allí, así que Margaret fue rechazada. Esa noche, durmiendo afuera bajo la lluvia, una araña venenosa la mordió en el pie. No tenía seguro médico, así que no pudo ver a un médico. En lugar de eso, fue a la sala de emergencias del hospital, pero tardó dos días en llegar allí porque la dolorosa picadura le dificultó caminar y no había autobuses. El hospital no pudo salvarle el pie, y se lo amputaron. Mientras estaba allí, contrajo neumonía por su exposición a los elementos. Le recetaron antibióticos y comenzó a recuperarse, pero luego fue dada de alta prematuramente del hospital – a la calle. Todavía está lloviendo, y está con muletas. Tres días después, Margaret murió.

En el caso de Margaret, y en los casos de cientos de miles de personas sin hogar como ella, podríamos culpar a muchos. Su alcoholismo, la falta de servicios públicos como clínicas y transporte, la escasez de vivienda para todos, la enorme disparidad de pobreza y riqueza en nuestra cultura, todo esto contribuyó a su muerte innecesaria. Pero la razón principal, el frío y duro hecho de que, debido a las reglas de aquel centro, ella fue rechazada, revelan el verdadero problema: la mayoría de las personas sin hogar no tienen un lugar donde refugiarse literalmente de la tormenta, lo que revela la falta de compasión que tenemos por otros seres humanos como sociedad.

Las enseñanzas bahá’ís dicen que podríamos prevenir tales tragedias si solo desarrolláramos la conciencia común de la unidad de toda la familia humana:

Todos son siervos de Dios y miembros de una sola familia humana. Dios los ha creado a todos, y todos son Sus hijos. Él cría, alimenta, provee y es bondadoso con todos. ¿Por qué debemos ser injustos y despiadados? Esta es la política de Dios cuyas luces han brillado en el mundo. Su sol derrama generosamente su esplendor sobre todos, sus nubes envían la lluvia sin distinción o favor, sus brisas refrescan a toda la tierra. Es evidente que la humanidad sin excepción está amparada bajo Su merced y protección. Algunos son imperfectos; deben ser perfeccionados. El ignorante debe ser educado, el enfermo, curado; el durmiente, despertado. El niño no debe ser censurado u oprimido por no estar desarrollado aún, debe ser pacientemente instruido. Los enfermos no deben ser descuidados porque sufren; no, más bien debemos tener compasión con ellos y proporcionarles la curación. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal.

Después de lidiar con la indigencia durante unos años, esta visión amorosa del mundo – que la humanidad comprende una sola familia extensa, que todos merecen nuestro cuidado y compasión, independientemente de su condición – comenzó a nutrir mi actitud hacia las personas sin hogar que conocí. Empecé a ver a las personas más pobres y desafortunadas de nuestra sociedad, no como una categoría abstracta llamada “indigentes”, sino como mis verdaderos hermanos y hermanas. Empecé a darme cuenta de que mi deber como bahá’í y como uno de los miembros de la familia humana no era juzgar a los demás, sino ayudarlos:

¿Quiénes somos nosotros para juzgar? ¿Cómo podemos saber nosotros quién es, a la vista de Dios, el más honrado? ¡Los pensamientos de Dios no son como los nuestros! […] ¿Cómo, entonces, podemos enorgullecernos y menospreciar a los demás?

Por tanto, seamos humildes, sin prejuicios, prefiriendo el bien de nuestro prójimo antes que el nuestro propio. Nunca digamos: “Yo soy un creyente, y él es un infiel”; “Yo estoy cerca de Dios, mientras que él es un descarriado.” ¡Nunca podremos conocer cuál será el juicio final! Por tanto, ayudemos a todo aquel que necesite cualquier clase de ayuda.

Enseñemos al ignorante, y cuidemos al niño hasta que alcance la madurez. Cuando encontremos una persona que ha caído en las profundidades de la miseria o del pecado, debemos ser bondadosos con ella; tomadla de la mano y ayudadla a recobrar su equilibrio, su fuerza; debemos guiarla con amor y ternura, tratarla como a un amigo, no como a un enemigo. – La sabiduría de Abdu’l-Bahá.

Estas enseñanzas bahá’ís, tan amables y compasivas, me ayudaron a encontrar una nueva forma de abordar el problema de la falta de hogar llamada “Vivienda primero”.

El modelo de Vivienda Primero -creado en los años noventa por el psicólogo y activista de las personas sin hogar Sam Tsemberis- tiene como objetivo principal proporcionar rápidamente una vivienda segura, asequible y permanente a las personas sin hogar, sin condiciones previas.

Pero el enfoque de Vivienda Primero para las personas sin hogar no solo proporciona vivienda, sino que también pone a disposición de los participantes una amplia gama de servicios integrales como asesoramiento y tratamiento de adicciones. Tsemberis basó sus ideas de Vivienda Primero en estudios que demostraron que cuando las personas que experimentan la falta de vivienda reciben una vivienda segura, estable y asequible, pueden abordar mejor los demás problemas y necesidades de sus vidas, como los trastornos por consumo de sustancias y las enfermedades mentales – lo que reduce el uso frecuente de los servicios de emergencia de los hospitales y las hospitalizaciones psiquiátricas.

En otras palabras, el enfoque ” Vivienda Primero” invierte los pasos habituales del modelo de tratamiento tradicional, reconociendo que las personas tienen más posibilidades de mejorar si primero se estabilizan en un hogar. Ese modelo, que se utiliza actualmente en muchos lugares del mundo, también ha demostrado que reduce los costos generales para la sociedad.

A medida que estudiamos y luego implementamos este nuevo modelo para las personas sin hogar en nuestra agencia de servicios sin fines de lucro, aprendí de mi investigación sobre las enseñanzas bahá’ís que los principios de mi Fe también recomiendan un enfoque de ” Vivienda primero”, afirmando que la vivienda es un derecho humano para todas las personas. En el próximo ensayo de esta serie, exploraremos el derecho humano básico a la vivienda en el derecho internacional y en las enseñanzas bahá’ís.

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