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Religión

La Sandalia del Profeta: Bahá’u’lláh sobre la esencia de la religión

Necati Alkan | Jun 22, 2018

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Necati Alkan | Jun 22, 2018

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Todos conocemos la escena en «La vida de Brian» de Monty Python, donde Brian intenta escapar de dos grupos de personas: los soldados romanos que lo persiguen y la multitud que lo adora.

La Vida de Brian

La multitud de seguidores, que acababan de escuchar su discurso «profético», ahora lo siguen porque creen que él es el Mesías. Brian pierde una de sus sandalias durante la persecución. Los seguidores emocionados se detienen; un hombre agarra la sandalia y exclama: «¡Oh!… Él nos ha dado … Su zapato… El zapato es una señal. Sigamos su ejemplo«.

“La vida de Brian”, probablemente una de las críticas más inteligentes de las fallas humanas de los creyentes en la esfera judeocristiana del Imperio Romano, ciertamente tiene implicaciones para otras religiones también. De una manera sutil, Monty Python se burla de la tendencia humana de quedar atrapado en cosas triviales y perder de vista la sustancia.

La escena de la sandalia en “La vida Brian” me hace recordar a un famoso episodio de la historia otomana cuando el estado y sus habitantes musulmanes experimentaron un momento histórico e «inolvidable» al descubrir una sandalia del profeta Mahoma.

En esa época, el Sultán ‘Abdulaziz (1861-1876) gobernaba el Imperio Otomano. Él había exiliado injustamente a Bahá’u’lláh, su familia y algunos seguidores. A pesar de varias apelaciones, el sultán y sus ministros no prestaron atención al consejo de Bahá’u’lláh sobre el bienestar de la gente en el imperio. Bahá’u’lláh los comparó posteriormente con “niños y divirtiéndose con arcilla” y “a nadie lo suficientemente maduro como para recibir de Nos las verdades que Dios Nos ha enseñado”. – El Llamamiento al Señor de las Huestes, p. 242.

Su inmadurez se manifestó, por ejemplo, en el ridículo alboroto que levantaron por una sandalia que supuestamente pertenecía a Muhammad. El 2 de mayo de 1872, un periódico otomano (y más tarde otros) informaron que la sandalia estaba en manos de un tal derviche Bey en la ciudad de Diyarbakir, en el sudeste de Anatolia. Por orden del Tesoro Imperial, el derviche procedió con la sandalia y cruzó Anatolia a la ciudad de Samsun, en el norte, junto al Mar Negro. Durante las semanas siguientes, los periódicos describieron todos los detalles relativos a este evento «importante», incluidos milagros y «señales» relacionados con la sandalia.

Se cuenta que ocurrieron varios milagros en el camino. Por ejemplo, cuando el carruaje que transportaba la sandalia cruzó un puente sobre un río, la corriente normalmente fuerte se detuvo y el agua quedó quieta. Otro milagro supuestamente ocurrió mientras la mula que llevaba el sagrado fideicomiso a Samsun pasaba junto a una manada de ovejas, y las ovejas de repente rodearon a la mula y comenzaron a balbucear tristemente. Cuando la sandalia llegó a Samsun, fue recibida con los máximos honores y respeto de acuerdo con la consagrada práctica musulmana. Allí, un niño pequeño que había estado paralítico desde su nacimiento fue obligado a besar y frotarse la cara con la tela sobre la que se exhibía la sandalia en una mezquita. Al hacerlo, según los informes, fue sanado y pudo caminar.

Después de que grandes multitudes de personas presentaron su respeto ante la sandalia en Samsun, el gobernador de esa ciudad la transportó al barco que fue enviado especialmente desde Estambul. Este barco fue asignado para llevar el sagrado fideicomiso y al derviche Bey a Estambul. Después de llegar a Estambul, el estado declaró feriado, y el gran visir, ministros, eruditos religiosos (ulama), jeques, oficiales y otros dignatarios fueron al lugar de desembarco.

El gran visir llevó solemnemente la caja que contenía la sandalia y la colocó en un carruaje especial conducido por cuatro caballos. Muchos hombres con antorchas esperaban al carruaje y guardias especiales lo escoltaron, todos rezando y gritando: ¡Allahu Akbar! («¡Dios es el más grande!»). Antes y detrás del carruaje iban el gran visir, predicadores, eruditos, jeques y el derviche Bey, todos montados en un caballo. La sandalia sagrada fue llevada al Palacio de Topkapi, la antigua sede del imperio. Fue colocado en una sala de reliquias sagradas, y ministros, ulama, jeques y otros funcionarios entraron al salón para la bendición. El sultán visitó la sandalia santa después de las oraciones del viernes, después de lo cual se exhibió al público durante tres días. Más tarde, el derviche Bey fue condecorado por el estado y recibió una remuneración.

El evento pertenecía al reino del Islam popular, donde las tradiciones se seguían ciegamente. El estado reglamentó y adoctrinó a los musulmanes en el imperio con todo tipo de disposiciones que se mostraron como el núcleo del Islam, pero en realidad consistían en supersticiones. A pesar del hecho de que, en ese tiempo, la mayoría de los estadistas tenían una orientación Occidental y no era unos fanáticos musulmanes, consideraron prudente dejar a la población musulmana en su ignorancia y fanatismo. Para controlar a las masas, el estado hizo uso de eventos que alimentaron las supersticiones de las personas. Uno de estos eventos fue el descubrimiento de la bendita sandalia de Muhammad.

Bahá’u’lláh, en ese momento un prisionero en Akká, siguió de cerca los acontecimientos en el Imperio Otomano. En una de sus tablas, se refiere la sandalia de Mahoma y los sentimientos generados alrededor de esta. Después de relatar el evento con sus propias palabras y criticar toda la pompa y la superficialidad como secundarias, Bahá’u’lláh se dirigió al tema principal:

“La noticia reciente es que, en estos días, se mencionó que el Jefe de la Gran Ciudad (Estambul) ha oído que una persona de entre los grandes de Diyarbakir está en posesión de un zapato del Apóstol (Muhammad), que las almas de todos sean sacrificadas por Él. Por tanto, el estado ordenó que este sea traído. La persona mencionada llegó con el zapato en la costa del Mar Negro, y se enviaron varios barcos desde Estambul especialmente para llevar el fideicomiso. A la llegada a la Gran Ciudad, también se enviaron numerosos barcos, y la persona que llevaba el fideicomiso abordó el barco del sultán y se dirigieron a la ciudad. Al llegar a la costa, el gran visir, todos los funcionarios y los ministros avanzaron para reunirse con ellos con anticipación. Después de la llegada, el gran visir se acercó y tomó el fideicomiso y entró en un carruaje espléndido. El portador del fideicomiso se montó en un excelente caballo detrás del carruaje. Detrás de él, todos los ministros y oficiales se dirigieron al lugar designado. A la izquierda y a la derecha del carruaje, una multitud de ulamas caminaron con jarras de incienso alabando y magnificando a Dios hasta que llegaron al lugar asignado. Después de llegar, el jefe y grandes multitudes visitaron ese lugar durante tres días.

¡Aquí, ahora, hay una cosa sobre la cual reflexionar y prestar atención! Observe cómo estas personas se mantienen firmes en asuntos triviales, y se ven privados de lo que es fundamental. Este ha sido siempre el caso y seguirá siendo así”. – De una Tabla de Bahá’u’lláh, traducción provisional del autor.

Como en cualquier otra religión, las enseñanzas Bahá’ís nos aconsejan enfocarnos en lo que es importante y no perseguir lo que es absurdo y sin sentido. En la estimación de Bahá’u’lláh:

 “La gente, en su mayoría, se deleita en las supersticiones. Consideran que una sola gota del mar de la ilusión es preferible a un océano de certidumbre. Aferrándose tenazmente a los nombres, se privan de la realidad interior y, al aferrarse a las vanas imaginaciones, se les impide presenciar la Aurora de los signos celestiales”.- Tablas de Baha’u’llah, p. 58.

Bahá’u’lláh exhortó a los creyentes de todas las religiones de hoy a que se centren en la esencia de la fe, no en sus detalles triviales. No deberíamos quedar atrapados en la trivialidad de esta vida y seguir ciegamente las supersticiones heredadas de nuestros antepasados; en cambio, dijo, debemos seguir las «señales celestiales». Al final del último pasaje de la tabla anterior, Baha’u ‘llah llamó al pueblo a dirigir su atención a la difícil situación de los bahá’ís que fueron exiliados injustamente en los dominios otomanos: «ninguno en estos días ha considerado seriamente a esos cautivos divinos (bahá’ís)». – Ibíd.

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