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Cómo hacer que las noticias sean un poco menos traumáticas

David Langness | Oct 20, 2021

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David Langness | Oct 20, 2021

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Hola. Me llamo David y soy un adicto a las noticias. Estoy suscrito a tres periódicos diferentes y los leo cada mañana, y veo o escucho al menos una hora diaria de buenos programas de noticias de televisión y radio.

Sí, suena como una adicción, y si así fuera, admito que no tengo remedio: se ha convertido en un hábito de por vida. No puedo evitarlo. De hecho, a pesar del bombardeo de noticias negativas, he aprendido a disfrutarlas.

Inhalo tantas noticias no solo para mantenerme informado, y también porque yo mismo he trabajado como periodista, sino principalmente por el consejo del profeta y fundador de mi fe, Bahá’u’lláh, que pedía a todos: «Preocupaos fervientemente con las necesidades de la edad en que vivís y centrad vuestras deliberaciones en sus exigencias y requerimientos».

¿Estoy «ansiosamente preocupado por las necesidades de la época»? Por supuesto. Tal vez demasiado, lo estipulo con gusto. Pero me gustaría, como consumidor voraz de noticias sobre el mundo, y como reportero en recuperación, que nuestros medios de comunicación modernos adoptaran un enfoque ligeramente diferente. Permítanme que me explique.

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Alimentando el fuego de la ansiedad y el miedo

Vivo en California, que se ha convertido en un almacén de pólvora debido al cambio climático y a las sequías de los últimos años. La temporada anual de incendios en el estado -que, en su clima mayoritariamente mediterráneo, se produce durante el período de seis a ocho meses en el que el calor impide cualquier lluvia- constituye una base para las noticias más dramáticas.

He aquí un breve resumen del tono y los contenidos habituales de la mayoría de las noticias sobre incendios forestales: ¡Fuego! ¡Llamas! ¡Destrucción! ¡Todo el estado está ardiendo! ¡Sálvese quien pueda!

Este tipo de información sobre las calamidades, aunque tiene un valor inmediato para aquellos que se encuentran en el camino de los incendios forestales reales, responde a algunos de nuestros miedos más básicos y antiguos. Cuando éramos niños, las llamas nos perseguían en nuestras pesadillas. En lo más profundo de nuestro tronco cerebral todos conocemos el poder aterrador del fuego.

Nuestras empresas privadas de medios de comunicación con fines de lucro y los programas de noticias de televisión que poseen y dirigen también lo saben. También saben que este tipo de miedo límbico produce excelentes índices de audiencia y mayores tasas de publicidad y, en última instancia, más ganancias. Esa es una de las razones por las que constantemente vemos a los reporteros de televisión haciendo sus «actuaciones» en directo frente a altísimas llamas, cuanto más aterradoras mejor.

Mientras escribo esto, docenas de incendios forestales en California, y en todo el oeste de Estados Unidos y Canadá, han dominado las noticias durante los últimos meses. Constantemente oímos hablar de la amenaza, de la aparición de nuevos incendios y de los devastadores daños causados. Las noticias nos hablan de hectáreas o incluso de kilómetros cuadrados calcinados. Pueblos enteros consumidos por el fuego, residentes obligados a huir. Muchas personas desaparecidas, se sospecha que hay víctimas mortales. Esta catástrofe televisada nos sigue a todas partes, y se suma a un tsunami traumatizante de informes terribles e implacables.

Pero anoche, llovió.

Qué sonido tan hermoso y tan bienvenido, ese fuerte tamborileo del agua en el techo que da vida y salva vidas. Llegó en medio de la noche, despertándome. ¡Lluvia! ¡Una lluvia! Me acosté en mi cama y la escuché, recitando esta hermosa oración de gratitud de Abdu’l-Bahá, el hijo y sucesor de Bahá’u’lláh:

¡Oh Dios! Nosotros somos como plantas y Tu generosidad es como la lluvia; refresca y haz crecer estas plantas mediante Tu favor. Somos Tus siervos; líbranos de las cadenas de la existencia física. Somos ignorantes; haznos sabios. Estamos muertos; vivifícanos. Somos de materia; dótanos de espíritu. Estamos excluidos; haznos los confidentes de Tus misterios. Estamos necesitados; enriquécenos y bendícenos con Tu tesoro ilimitado. ¡Oh Dios! Resucítanos; danos vista; danos oído; familiarízanos con los misterios de la vida, para que los secretos de Tu reino nos sean revelados en este mundo de la existencia y podamos confesar Tu unicidad.

Noticia de último minuto: la lluvia apaga los incendios. La naturaleza hizo, en unas horas, lo que miles de bomberos no pudieron hacer en meses. Madre naturaleza, eres increíble.

Pero, ¿nos enteramos de ese feliz resultado durante los días siguientes? ¿Informaron los medios de comunicación de la extinción de los incendios forestales con la misma asiduidad y sensacionalismo con que informaron de sus inicios? ¿Tenemos la tranquilidad de saber cómo termina la historia, o incluso que termina? No.

Esa es una de las características más extrañas de nuestro universo mediático: rara vez nos enteramos de que alguna catástrofe llega realmente a su fin. ¿Te has dado cuenta? (Se escuchan grillos de fondo). Aparentemente, las soluciones exitosas no son un éxito de audiencia. Una vez que se produce una calamidad, en lo que respecta a las noticias, parece que sigue ocurriendo para siempre. En lugar de informar sobre el final de las cosas, los programas de noticias ignoran las conclusiones afortunadas y pasan a la siguiente tragedia exagerada: ¡Lluvia torrencial! ¡Deslizamientos de tierra! ¡Inundaciones! ¡Sálvese quien pueda!

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A medida que pasa el tiempo, esta incesante sensación de fatalidad inminente daña nuestra psique y nuestro espíritu, manteniéndonos como rehenes de una percepción predominante de miedo extremo. En la realidad artificial de la que informan muchos medios de comunicación, las guerras nunca terminan, las hambrunas siempre empeoran y las pandemias persisten permanentemente. En la televisión y en la web, las catástrofes rara vez se resuelven, solo se sustituyen por otras nuevas. Mientras tanto, estar informado significa que tu percepción de los aspectos negativos del mundo aumenta, junto con tus niveles de estrés.

Todo esto fomenta una presunción pública de estragos interminables, que en realidad produce uno de los principales síntomas del TEPT: la hipervigilancia. Con la población constantemente inmersa en un estado de miedo exacerbado a la catástrofe inminente, esa percepción pone a sus víctimas en un pánico o depresión casi continuos, lo que afecta la capacidad de nuestra sociedad para funcionar de forma independiente, adecuada y eficaz. Lo que significa, por supuesto, que hace que la gente quiera consumir más noticias, como un drogadicto que necesita otra dosis.

Una propuesta modesta para los medios de comunicación

Así que aquí, con toda modestia, me gustaría sugerir una simple propuesta: ¿qué tal si se incluye un breve segmento, en cada periódico y en cada programa de noticias de radio, televisión y en los principales medios de comunicación social cada día, sobre la solución real de los eventos catastróficos? No haría falta mucho: «18 de los 22 grandes incendios en California fueron extinguidos por las fuertes lluvias de anoche. Las autoridades dieron gracias a Dios. Los habitantes de las zonas afectadas pueden volver a sus casas».

Este tipo de resumen breve de la catástrofe podría lograr algo significativo. Nos daría a todos una sensación de finalización y cierre, pero lo más importante es que eliminaría la constante ansiedad que nos hace vivir en modo de crisis continua. Nuestros desencadenantes del trauma podrían echarse una refrescante siesta terapéutica, al menos hasta el siguiente ciclo de noticias.

Este tipo de reportaje sucinto de conclusión y resolución de acontecimientos desastrosos podría incluso representar un pequeño paso hacia las recomendaciones racionales de Bahá’u’lláh para unos medios de comunicación responsables y creíbles, que escribió en una tabla en el siglo XIX:

Las páginas de los periódicos de rápida aparición son, en verdad, el espejo del mundo. Ellos reflejan los hechos y quehaceres de los diversos pueblos y razas. Al mismo tiempo, los reflejan y los dan a conocer. Son un espejo dotado de oído, vista y habla. Éste es un fenómeno asombroso y poderoso. Sin embargo, es responsabilidad de sus escritores purificarse de los impulsos de los deseos y pasiones malignas y ataviarse con la vestidura de la justicia y la equidad. Deben informarse todo lo posible sobre las situaciones y averiguar los hechos, y solo entonces transcribirlos.

Restablecer la «vestidura de la justicia y la equidad» a las que se refería Bahá’u’lláh contribuiría en gran medida, no solo a informar responsablemente de la realidad al público, sino a elevar la reputación de todos los reporteros, y a defender la verdad. En una época en la que mucha gente ha perdido la confianza en el periodismo, e incluso ha intentado apartarse del universo basado en los hechos, necesitamos restablecer la enorme importancia de contar esa verdad.

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