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¿La guerra tiene reglas?

David Langness | Ago 10, 2022

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David Langness | Ago 10, 2022

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Las enseñanzas bahá’ís piden a los reyes y gobernantes del mundo que proscriban la guerra. Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la Fe bahá’í, sufrió prisión y exilio durante cuarenta años:

… para poner en fuga el conflicto y la agresión; para transformar la lanza y la hoja afilada en amorosa camaradería y convertir la malevolencia y la guerra en seguridad, consideración y amor; para que los campos de batalla del odio y la ira se conviertan en jardines de delicia, y los lugares donde otrora se batían los ejércitos empapados en sangre sean fragantes parques de esparcimiento; que la contienda se considere un oprobio, y el recurso de las armas, como si fuera una repulsiva enfermedad, sea evitado por todos los pueblos; que la paz universal arme sus tiendas en las más altas montañas y que por siempre se haga perecer la guerra en este planeta.

Este llamamiento históricamente nuevo a proscribir la guerra en sí misma, a convertir la guerra en un crimen contra la humanidad, comenzó en la época de Bahá’u’lláh. Nuestros antepasados, al menos los que vivieron antes del advenimiento de la Fe bahá’í, se habrían quedado asombrados ante la idea de que la guerra tenga reglas, o de que librarla se califique como un crimen.

RELACIONADO: ¿Cuál es la diferencia entre crimen de guerra y genocidio?

En épocas anteriores, la guerra se consideraba la única forma de resolver disputas insolubles o de tomar territorios, lo que otorgaba a los reyes y gobernantes una autoridad ilimitada para declarar y hacer la guerra.

La doctrina generalmente aceptada en el pasado del «derecho divino de los reyes», que sostenía que los monarcas no son responsables ante la autoridad terrenal, impidió que los gobernantes tuvieran que rendir cuentas por las guerras que iniciaban durante miles de años antes del siglo XIX.

Pero eso ha cambiado, radicalmente.

¿Qué es un crimen de guerra?

El marco moderno para evaluar los crímenes de guerra, nacido de la jurisprudencia del erudito ruso Aron Trainin y de los juicios de Núremberg tras la Segunda Guerra Mundial, intentó establecer normas que minimizaran los horrores de la guerra. A pesar de esos incipientes esfuerzos, el mundo aún no ha encontrado formas fiables o coherentes de responsabilizar a los gobernantes individuales. Hemos intentado, como comunidad global, regular y rectificar la brutalidad inherente a la guerra, pero hasta ahora hemos fracasado en gran medida.

Por eso, cuando se utiliza el término «crímenes de guerra», pocas personas entienden sus definiciones legales precisas, detalladas explícitamente en tratados internacionales como los Convenios de Ginebra de 1949 y el Estatuto de Roma, que estableció la Corte Penal Internacional en 2002.

En general, el derecho internacional define hoy en día los crímenes de guerra como el ataque deliberado y desproporcionado contra civiles a escala masiva; el uso de armas de destrucción masiva, como agentes químicos y biológicos; y los ataques intencionados contra lugares civiles como escuelas, hospitales o monumentos culturales e históricos.

El derecho internacional también define la categoría separada de crímenes contra la humanidad como esclavitud, tortura y asesinato en masa.

Todos ellos difieren de la definición de la palabra «genocidio», un término acuñado por primera vez en 1944 por el abogado polaco especializado en derechos humanos Raphael Lemkin. Utilizando la nueva premisa que derivó del prefijo griego genos, que significa raza o tribu, y el sufijo latino cide, que significa matar, Lemkin lideró una exitosa campaña después de la Segunda Guerra Mundial para que se reconociera el genocidio y se codificara como delito internacional, lo que finalmente ocurrió en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948. Ese tratado internacional define el genocidio como «los actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso…».

Atrocidades, crímenes de guerra o genocidio: ¿cuál se aplica a la guerra moderna?

Todas las guerras incluyen innumerables incidentes de terror, tragedia y trauma que no entran en las estrechas definiciones legales de atrocidades, crímenes de guerra o genocidio. Ese es el problema.

Por ejemplo: en las últimas semanas, todos hemos visto fotografías de personas evidentemente ejecutadas, con sus cuerpos tendidos en las calles ucranianas. ¿Son crímenes de guerra según el derecho internacional? La respuesta legal es probablemente sí, si se cometen contra civiles inocentes, pero quizás no, si esos civiles se convirtieron en combatientes al poseer o utilizar armas como cócteles molotov, por ejemplo. Los combatientes en la guerra, ya sean militares o civiles, pueden ser asesinados impunemente.

Esa impunidad, por desgracia, también se extiende prácticamente a los gobernantes de los países agresores que declaran y hacen la guerra. En realidad, los líderes nacionales que nunca salen de su propio país no deben temer a la Corte Penal Internacional (CPI) ni a las leyes ampliamente aceptadas que determinan las atrocidades, los crímenes de guerra o el genocidio. La CPI no tiene ninguna autoridad ni poder de ejecución sobre los líderes nacionales si no puede arrestarlos y detenerlos. Incluso con montones de pruebas sólidas, como fotografías, vídeos, imágenes por satélite, testimonios de testigos presenciales y declaraciones juradas, no es probable que los fiscales internacionales juzguen a ninguno de esos líderes nacionales, a menos que sus gobiernos cambien durante ese tiempo.

En consecuencia, solo un número relativamente pequeño, pero creciente, de acusados se ha enfrentado a un tribunal de crímenes de guerra real, ya sea internacional o nacional. La lista de ex líderes nacionales deshonrados y ahora condenados incluye al general Jorge Videla, presidente de facto de Argentina; a Slobodan Milosevic, presidente de Serbia; a Jean Kambanda, primer ministro de Ruanda; a Charles Taylor, presidente de Liberia; a Saddam Hussein, presidente de Irak; a Nuon Chea y Khieu Samphan, líderes de los Jemeres Rojos de Camboya; a Alberto Fujimori, presidente de Perú; y a Efraín Ríos Montt, presidente de Guatemala, entre otros. (El Consejo de Relaciones Exteriores tiene resúmenes aquí).

Así pues, el mundo todavía tiene que hacer algunos progresos importantes antes de que la humanidad desarrolle un mecanismo internacional viable y eficaz para prohibir y castigar la agresión armada y la guerra.

RELACIONADO: Pero, ¿y la violencia en la religión?

Sin embargo, la visión bahá’í de una paz global respaldada por un tribunal internacional, lo que Shoghi Effendi, el Guardián de la Fe bahá’í, llamó «una mancomunidad mundial», está empezando a aparecer lenta y visiblemente a medida que la fuerza de las leyes internacionales contra los crímenes de guerra y el genocidio se aplica y se hace cumplir cada vez más. Shoghi Effendi definió lo que podría incluir una mancomunidad mundial en funcionamiento:

Esa mancomunidad, en la medida en que podemos visualizarla, debe estar constituida por un cuerpo legislativo mundial cuyos miembros, en calidad de representantes de toda la humanidad, controlarán en última instancia la totalidad de los recursos de todas las naciones integrantes, y promulgarán las leyes que fueren requeridas para reglamentar la vida, satisfacer las necesidades y ajustar las relaciones de todas las razas y pueblos. Un poder ejecutivo mundial, respaldado por una fuerza internacional, llevará a cabo las decisiones a que haya llegado ese cuerpo legislativo mundial, y aplicará las leyes dictadas por éste, y protegerá la unidad orgánica de toda la mancomunidad. Un tribunal mundial fallará y formulará su veredicto obligatorio y final en todas las disputas que surjan entre los diversos elementos constituyentes de este sistema universal.

Si quieres acabar con la guerra y prohibirla para siempre, como tantas otras personas amantes de la paz en el mundo actual, por favor, únete a la comunidad global de los bahá’ís que trabajan por la realización de esta maravillosa visión.

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