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Historia

¿Por qué perseguimos a nuestros profetas? El martirio del Báb

From the Editors | Jul 9, 2022

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From the Editors | Jul 9, 2022

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Los profetas suelen tener una vida corta: por alguna razón difícil de entender, la sociedad humana reacciona mal ante los fundadores de las grandes religiones del mundo y los persigue cruelmente.

Abraham y Moisés se enfrentaron a la prisión, el exilio, el ridículo y la persecución. Krishna y Buda sufrieron burlas y censura oficial. Los líderes de la sociedad crucificaron a Cristo; hicieron la guerra a Muhammad; torturaron, exiliaron y encarcelaron a Bahá’u’lláh; y ordenaron que dos pelotones de fusilamiento ejecutaran al Báb.

¿Qué le ocurrió a este joven profeta llamado el Báb, que inició una nueva Fe progresista en 1844, en medio de una de las sociedades más corruptas y atrasadas del mundo?

El Báb -título que significa «la Puerta»- sufrió enormemente durante los seis breves años de su revelación, pero incluso después de su espantosa muerte la Fe babí allanó el camino para el surgimiento global de la Fe bahá’í, al igual que Juan el Bautista lo hizo para la nueva revelación de Jesús.

Su historia comenzó hace menos de dos siglos. La nueva fe del Báb surgió del misticismo profético sufí que prevalecía en la Persia del siglo XIX. El conmovedor mensaje del Báb de que sus enseñanzas anunciaban la futura aparición de una gran revelación global, inflamó rápidamente esa misma cultura musulmana chiíta atada a la tradición. Abdu’l-Bahá, el líder de la Fe Bahá’í tras el fallecimiento de su fundador Bahá’u’lláh, describió al Báb de esta manera:

El Báb, el Exaltado, es la Mañana de la Verdad, el esplendor de Cuya luz brilla en todas las regiones. Él es también el Precursor de la más Grande Luz [Bahá’u’lláh] … Aquel prometido por los libros sagrados del pasado, la revelación de la Fuente de luz que resplandeció en el Monte Sinaí, Cuyo fuego brilló en medio de la Zarza Ardiente.

Al principio, solo unas pocas personas conocieron al Báb, pero luego miles y decenas de miles comenzaron a convertirse en babís, rompiendo con las tradiciones y prácticas islámicas de su sociedad y desafiando así la autoridad de sus líderes. El rápido crecimiento de la fe babí sacudió los cimientos de la sociedad persa, cuyos clérigos y gobernantes no reaccionaron, cuando menos, con benevolencia ante este nuevo desarrollo religioso.

Debido al crecimiento explosivo de la fe del Báb, el gobierno Qajar ordenó la ejecución de este joven mensajero, intensamente carismático, que en ese momento solo tenía treinta años.

El gobierno y los clérigos islámicos ya habían torturado y asesinado de forma espantosa a más de 20.000 de los ardientes seguidores del Báb durante los cortos e intensos seis años de duración del movimiento babí. Dado que el Báb pedía cambios revolucionarios en el sistema de creencias religiosas y de gobierno imperante, y porque enseñaba la unidad de todas las religiones, las autoridades temían que este nuevo y dinámico desafío y su creciente apoyo pronto los barriera de la influencia y el poder.

A pesar de este genocidio masivo contra los seguidores del Báb, cada vez más personas continuaron haciéndose babís. En 1850, asustados y desesperados por aplastar el movimiento babí, las autoridades decidieron ejecutar al Báb. Cuando le acusaron de apostasía -la misma acusación que los fariseos lanzaron contra Jesús-, el Báb se negó a arrepentirse o a refutar sus enseñanzas, aceptando tranquilamente las consecuencias.

Entonces, en aquel fatídico día de julio de 1850 -hace 172 años- los carceleros del Báb ordenaron su ejecución por un pelotón de fusilamiento en la plaza de la ciudad de Tabriz, Persia. Uno de los jóvenes seguidores del Báb insistió en acompañarle en su muerte, y las autoridades consintieron gustosamente. Una multitud de diez mil personas presenció la ejecución desde los tejados de los cuarteles y las casas cercanas que rodeaban la plaza.

Sin embargo, inmediatamente surgió una complicación. Esa misma mañana, Sam Khan, el comandante del regimiento de soldados armenios al que se había ordenado la ejecución, había pedido perdón al Báb por adelantado. «Profeso la fe cristiana», dijo el oficial ruso al Báb en su celda, «y no albergo ninguna mala voluntad contra usted. Si vuestra Causa es la Causa de la Verdad, permitidme liberarme de la obligación de derramar vuestra sangre».

«Sigue tus instrucciones», le dijo suavemente el Bab al comandante, «y si tu intención es sincera, el Todopoderoso seguramente podrá aliviarte de tu perplejidad».

Cuando Sam Khan dio la orden de disparar, los fusiles de sus soldados rugieron. Un periodista occidental que lo presenció relató que «El humo de los disparos de los setecientos cincuenta rifles era tal que convertía la luz del sol del mediodía en oscuridad».

La multitud enmudeció, porque cuando el humo se disipó el Bab había desaparecido. Su devoto y joven seguidor permanecía completamente intacto en la base del muro, con las cuerdas que lo habían atado a él y al Báb colgando en jirones. Asombrada, la multitud gritó que había sido testigo de un milagro. Sam Khan, aliviado de su perplejidad, ordenó inmediatamente a sus 750 fusileros que se alejaran, jurando que nunca más obedecería una orden semejante, aunque le costara la vida.

En cuanto las tropas de Khan abandonaron la plaza, el coronel de la guardia oficial de Tabriz se ofreció para llevar a cabo la ejecución. Después de que los guardias encontraran al Báb en su celda terminando pacíficamente una conversación, volvieron a colgarlo a él y a su joven seguidor con cuerdas. Shoghi Effendi, el Guardián de la Fe bahá’í, relató lo que sucedió después en su libro “Dios pasa”:

«Oh generación descarriada», fueron las últimas palabras del Báb a la multitud espectadora conforme el regimiento se preparaba para lanzar la descarga, «cada uno de vosotros habríais seguido el ejemplo de este joven, el cual por su rango os superaba a la mayoría de vosotros, y voluntariamente os habríais sacrificado en Mi sendero. El día en que Me hayáis reconocido, ese día habré dejado de estar con vosotros».

El segundo pelotón de fusilamiento apuntó y disparó. Esta vez, la ejecución tuvo éxito.

Los cuerpos fundidos y acribillados del Báb y su fiel seguidor -llamado Anis, que significa «compañero cercano»- descansan ahora bajo una cúpula dorada en el monte Carmelo de Haifa (Israel). Millones de personas de todo el mundo visitan ese lugar sagrado, y cada día el Santuario del Báb proclama el mensaje bahá’í de unidad, paz, amor y abnegación al mundo entero.

Los bahá’ís creen que el Báb, precursor y heraldo de la Fe bahá’í, puso en marcha un nuevo ciclo de revelación progresiva para la humanidad. Sus nuevas y revolucionarias enseñanzas abrieron el camino para el nuevo mensaje de Bahá’u’lláh, y su sacrificio final nos dio a todos una nueva visión de un mundo unificado.

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