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Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í. El sitio web oficial de la Fe Bahá’í es Bahai.org y el sitio web oficial de los bahá’ís de los Estados Unidos es Bahai.us.
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Cómo sobrevivir a una catástrofe construyendo comunidades autosuficientes

Deborah Clark Vance | Ene 3, 2022

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Deborah Clark Vance | Ene 3, 2022

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

A medida que el calendario se acercaba a ese día del «efecto 2000» en el que el año 1999 pasaría a convertirse en el 2000, los habitantes del mundo de la informática temían que sistemas virtuales enteros colapsaran.

Debido a la forma en que estaban programados para leer las fechas, esos sistemas parecían vulnerables a un colapso global, lo que no ocurrió. Pero la primera década del siglo XXI produjo muchos otros desastres. En 2001, unos aviones se estrellaron contra el World Trade Center de Nueva York, cuyo derrumbe provocó una guerra de 20 años con Afganistán. En 2003, Estados Unidos invadió Irak, iniciando otra guerra extremadamente costosa, tanto en muertes como en dólares. En 2008, el mundo sufrió un devastador colapso de su sistema financiero.

Estas no fueron las únicas pruebas del espíritu humano durante esa década. De hecho, las numerosas catástrofes naturales impulsaron a un equipo de investigación, en el que participé, a explorar cómo respondía la gente en las distintas culturas y en diversas partes del mundo cuando los sistemas oficiales se derrumbaban: El tsunami de diciembre de 2004, que devastó partes de las provincias tailandesas de Phuket y Phang-na; las lluvias torrenciales de enero de 2005, que inundaron pueblos y aldeas en la costa oriental de Guyana; y los huracanes de otoño de 2005, Katrina y Rita, que azotaron Nueva Orleans y sus alrededores, destruyendo diques y provocando inundaciones que casi arrasaron la ciudad.

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Como bahá’í, quería saber más sobre la resistencia y la autosuficiencia que la gente muestra de forma natural después de un desastre. En una de sus charlas en Estados Unidos en 1912, Abdu’l-Bahá elogió esas cualidades humanas de cooperación y asociación:

Algunas de las criaturas de la existencia pueden vivir aisladas y solas. Un árbol, por ejemplo, puede vivir sin la ayuda y cooperación de otros árboles. Algunos animales son solitarios y llevan una existencia separada de los miembros de su clase. Pero esto es imposible para el hombre. En su vida y existencia la cooperación y la asociación son esenciales. Mediante la asociación y la reunión encontramos felicidad y desarrollo. Tanto colectivo como individual. 

Nuestro equipo visitó estas zonas aún devastadas durante el verano de 2006 para entrevistar a los supervivientes respecto a sus preparativos antes de los desastres y sus experiencias durante y después de los mismos. Esperábamos descubrir qué habían aprendido que pudiera guiar sus preparaciones futuras. En aquel momento, la única investigación en ciencias sociales que pude encontrar sobre las respuestas a las catástrofes se centraba en el trauma psicológico, el afrontamiento y la primera respuesta.

Ninguno de los encuestados de todas las culturas que estudiamos se sentía preparado para los acontecimientos sin precedentes a los que se enfrentaron. En todas las catástrofes, el agua inundó las casas y los negocios, y el gobierno y los grupos de ayuda no respondieron, y quizás no pudieron hacerlo, durante una semana o más. Todas las personas que entrevistamos contaron cómo escaparon de las poderosas fuerzas naturales, lo que perdieron y cómo se recuperaron. 

Estudiando e interpretando los datos de las horas de entrevistas grabadas, intenté descubrir las lecciones cruciales aprendidas, y tal vez descubrir un patrón esencialmente espiritual de resiliencia que pudiera guiar a otros en futuras crisis.

En Tailandia, el tsunami golpeó en zonas turísticas pobladas por cientos de extranjeros durante la temporada navideña. Al principio, todos los niveles de gobierno no pudieron proporcionar agua, refugio, alimentos, atención médica, servicio eléctrico y protección policial, por lo que los miembros de la comunidad se unieron para ayudarse mutuamente a través de redes entre amigos, familiares, comerciantes, buzos y empleados de hoteles. La policía no anunció que había designado templos, hoteles y escuelas como refugios, pero los encuestados utilizaron las redes de comunicación existentes sin darse cuenta o incluso sin valorarlas. Los miembros de las clases sociales más bajas, que a menudo tenían conocimientos cruciales, parecían no ser conscientes de que compartían objetivos e intereses comunes con la comunidad en general. Por ejemplo, un salvavidas dijo que cuando el océano había retrocedido 100 metros antes de que llegara el tsunami, reveló criaturas marinas que hipnotizaron a personas que nunca habían visto tales cosas. Sabía que un océano que retrocede rápidamente es una de las señales de un tsunami que se aproxima, pero no estaba autorizado a advertir a nadie y, sabiendo lo que se avecinaba, huyó.

En Guyana, tras dos días de encierro en sus casas sin agua potable ni electricidad, la gente estaba desesperada. Para algunos, el único medio de llegar desde sus casas sobre pilotes a tierra firme era contratar a adolescentes que utilizaban neveras volcadas como botes. El gobierno no declaró el estado de emergencia, ni diseñó planes de evacuación o refugios, ni entregó suministros de ayuda durante dos meses. Las ONG tampoco estaban preparadas. Pero un grupo interreligioso organizó comedores para cocinar para su vecindario, y una familia bahá’í se encargó de que el almacén general distribuyera cestas de comida y artículos de limpieza en barco. Muchos guyaneses parecían valorar sus redes comunitarias, pero resentían la falta de una respuesta oficial, y expresaban su angustia y confusión sobre quién debía rescatarlos.

Los grupos religiosos y una coalición de residentes de viviendas públicas dieron las primeras respuestas en Nueva Orleans, coordinando los alimentos y organizando la evacuación. Algunos encuestados señalaron con orgullo sus sólidas redes comunitarias. Por ejemplo, nos enteramos de que la comunidad católica vietnamita tenía una red especialmente bien coordinada que era «una comunidad, no un grupo de barrios» y «todos saben a quién tienen que escuchar».

La mayoría estaría de acuerdo en que las familias deben permanecer juntas durante las catástrofes, pero ¿qué pasa con las comunidades enteras? Una comunidad católica vietnamita de Nueva Orleans atravesó el barrio con más de 60 centímetros de agua, rescatando a todos de sus casas y llevándolos a la iglesia, donde permanecieron hasta que se les ordenó trasladarse al superdomo. Luego, cuando los autobuses empezaron a trasladar a la gente a Texas, el grupo volvió a su iglesia local para no arriesgarse a perder a los ancianos que no entendían el inglés. Se ayudaron mutuamente a limpiar sus casas, pidieron a la ciudad que les devolviera la electricidad y, cuatro semanas después de los huracanes, volvieron a sus casas, mientras que ocho meses después muchos otros barrios seguían abandonados.

Parece que los que estaban mejor preparados y se recuperaban más rápidamente eran los que trabajaban de forma unificada dentro de sus redes de comunicación establecidas de amigos, familias y vecinos. Parece, pues, que una comunidad unida en la que los individuos confían y se respetan mutuamente, ya sea a nivel de barrio, de religión, de trabajo o social, constituye la mayor protección contra las catástrofes.

Quienes conocen a sus vecinos pueden identificar fácilmente los talentos y designar a los líderes, así como cuidar de los más vulnerables. Las redes de comunicación interpersonal, atractivas por sus vínculos emocionales y espirituales, proporcionan los mejores elementos básicos durante la recuperación de una catástrofe.

Tras nuestra investigación, llegué a la conclusión de que la gente de todo el mundo debe ser consciente de sus redes de comunicación, es decir, las relaciones interpersonales reales en sus comunidades y barrios, manteniendo el contacto e identificando qué cualidades, habilidades y recursos puede ofrecer cada uno.

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Si aún no lo has hecho, puedes empezar este proceso preguntando ¿quiénes son las enfermeras, los mecánicos, los cocineros, los profesores, los líderes religiosos? ¿Quiénes son los vulnerables? Este tipo de inventario de las redes de comunicación informal e interpersonal es una de las mejores previsiones que puedes hacer para la preparación y recuperación de una catástrofe. Aunque los organismos de ayuda son los «primeros en responder» desde el exterior, las víctimas son la primera y crucial parte de la cadena. Los organismos deben coordinarse con los planes de preparación en caso de catástrofe de las comunidades para que, en caso de intervenir, puedan identificar, apoyar y ayudar en lugar de interrumpir las redes existentes. Como señalan las enseñanzas bahá’ís, la mejor manera de sobrevivir y prosperar es cooperar recíprocamente:

La necesidad suprema de la humanidad es la cooperación y la reciprocidad. Cuanto más fuertes sean los lazos de compañerismo y solidaridad entre los hombres, mayor será el poder de construcción y consumación en todos los planos de la actividad humana. Sin una actitud de cooperación y reciprocidad, los miembros individuales de la sociedad humana permanecen egocéntricos, sin inspiración de propósitos altruistas, limitados y solitarios en su desarrollo igual que los organismos animales y vegetales de los reinos inferiores.

Tal vez el componente más necesario para la supervivencia tras una catástrofe sea la voluntad de cooperar y tomar conciencia de la existencia, la utilidad y el poder de las redes de ayuda mutua. A las comunidades les fue mejor cuando, antes de la catástrofe, sus miembros se conocían entre sí, ya habían colaborado y habían creado una estructura cuyo liderazgo reconocían y en la que confiaban. Esas relaciones, aprendí, pueden convertirse literalmente en asuntos de vida o muerte.

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